martes, 6 de febrero de 2018

Fauna sentimental

Sus pisadas hacían crujir la nieve bajo aquellas patas negro azabache con un sonido suave, como si los copos apelmazados le susurraran cosas incomprensibles a sus almohadillas frías. Se agazapó paciente y no tuvo que esperar mucho antes de que una liebre blanca, distraída con las estrellas fugaces que bañaban el cielo se acercase en su dirección. Tensó los músculos en medio de aquel océano glacial, aguantó la posición, guardó el aliento por miedo a que el vaho que manaba de su boca sobre la lengua rosa colgante lo delatara y cuando llegó el momento marcado por un último batir tranquilo de su corazón de lobo se abalanzó desgarrando la capa lisa que les separaba. 

La liebre continuó mirando al cielo, anhelante y olvidó sentir dolor cuando los colmillos perforaron su cuello con un crujido. Sumisa, admiró aún más aquellas luciérnagas espaciales que surcaban lo alto indiferentes y un hilo de sangre rojo granate que manchó el suelo. El lobo era una pupila, la liebre su brillo y el rojo una veta que adornaba el inmenso ojo que conformaba el campo nevado observando el cielo como la liebre. Un omnipresente demiurgo que no podía moldear nada, un sujeto pasivo e impotente como aquel animalillo que había conocido su pequeñez al mirar al cielo y se había dejado abatir por el mundo para no sentirse ahogado en su debilidad. A veces la presa es voluntaria y aquella liebre ya había trascendido mucho antes del primer grito de advertencia de la nieve bajo las patas del lobo.


Alfredo Gil Pérez 06/02/2018

No hay comentarios:

Publicar un comentario