jueves, 18 de enero de 2018

Sombras silenciosas

La soga que ataba sus muñecas le arañaba la piel. Sus hebras eran secas y su tacto, aunque le dejara una sensación dolorosa, era firme y seguro. Sabía que no estaba sola porque venía tensa frente a ella y tiraba a un ritmo acompasado a la vez que ella tiraba de quien quiera que estuviera detrás al avanzar. Los sollozos esporádicos indicaban que tal vez fueran más de dos, más de tres incluso, los pobres desafortunados que la acompañaban en aquella procesión extraña. 

Sus ojos estaban vendados por una especie de gasa suave y tupida, pero la ausencia de luz le hacía pensar que de poco serviría tenerlos descubiertos. Puede que la gasa fuera sólo un símbolo o una decoración. 

No tenía muy claro por qué estaba allí. Ni siquiera sabía cómo había llegado y apenas sabía quién era ella misma. Sólo un nombre y a penas una serie de recuerdos inconexos a los que aferrarse. Si les habían suministrado alguna droga debía de ser muy potente. Pero al margen de aquella desoladora sensación de no pertenecer a ningún sitio estaba claro que existía porque se encontraba allí. Y el miedo que le hacía temblar y sollozar era el mismo miedo que le hacía sentir viva y querer huir de allí.

De su entorno apenas percibía nada. Iba descalza, así que pudo imaginar que lo que notaban las plantas de sus pies era algún tipo de tierra apisonada con algún que otro guijarro. La humedad del aire y el sonido de alguna gota le hacían pensar en una caverna, pero lo que estaba claro es que no estaba al aire libre. De repente la parte delantera de la cuerda tiró de ella con violencia hacia el suelo. Alguien había caído y como fichas de dominó uno a uno fueron cayendo al suelo. Notó otros pies andar cerca de donde había tocado tierra su cabeza dolorida. Había más filas, al menos otra más, de gentes silenciosas que avanzaban. ¿Sabrían ellos dónde estaban? ¿A dónde iban o de dónde venían? Trató de hablarles, pero como con sus compañeros anteriormente sólo obtuvo el sonido sordo de los pies pisando abandonados a su suerte. La cuerda volvió a tirar de ella, esta vez para levantarse y al rozar su cara con la persona que le precedía su venda se desprendió ligeramente dejándola ver por el ojo izquierdo. Todo estaba a oscuras, aunque el vaho brillaba ligeramente al salir desprendido de las bocas de los caminantes silenciosos. 

Había cientos, si no miles de girones etéreos de vaho que ascendían. No había sólo una fila a su lado, parecía que las filas se extendían hasta donde alcanzaba el tenue reflejo del vaho. Todos silenciosos, todos avanzando sin cuestionarse nada y aceptando el movimiento de aquella extraña soga. Miró al frente, buscando el punto donde todo aquello iba a parar. Oteó la oscuridad con todas sus fuerzas y deseó desesperadamente encontrarle sentido a lo que veía.

A modo de respuesta una luz blanquecina se coló por algún orificio a lo lejos y por un instante lo vio. Todas las sogas se estaban hilando en una rueca colosal para crear una cuerda más grande. Dándole vueltas a la rueca había una figura desgarbada, de la que solo distinguió una cara afilada con la cuenca derecha de sus ojos vacía y la izquierda repleta por un ojo con un iris amarillo que se fijó repentinamente en ella. La figura elevó lo que parecían unas tijeras y le sonrió. Era extraño, pero en aquel iris descomunal sintió el mismo deseo desesperado por vivir que notaba en su interior. Y al cerrarse con un ruido ensordecedor las hojas de aquel utensilio cortando el aire se levantó sudando en su cama. El reloj marcaba las 05:20 y otro día tiraba de ella inexorablemente hacia la rueca.


Alfredo Gil Pérez 18/01/2018

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