sábado, 1 de octubre de 2016

Un giro de muñeca

        Su mano estaba aferrada al pomo redondo y frío de aquella extraña puerta cargada de filigranas. Si no hubiera tenido ese insidioso presentimiento ya habría descubierto lo que se escondía tras la barrera de madera oscura. Pero las dudas y el miedo eran demasiado palpables como para avalanzarse a ciegas.

        Inspiró hondo, se concentró en aquél tacto metálico e impersonal. Contó: uno, dos, tres... y giró el pomo como había hecho con tantos otros antes. Pero tenía la sensación de, por primera vez, hacerlo de verdad.

        El umbral que descubrió la hoja al girar sobre sus bisagras chirriantes y envejecidas en soledad engulló una bocanada de aire como si llevase siglos aguantando la respiración. Y lo que vio a través de él no ayudó a que recuperara el aliento.

        Donde debería haber una habitación abarrotada de horrores se extendía un frondoso bosque húmedo y anhelante. Un lugar apacible que hizo esfumarse de un plumazo a todos sus fantasmas. 

        Atravesó la puerta y antes de perderse entre el follaje echó un último vistazo a aquella barrera que había pasado de terrible a irrisoria con un simple giro de muñeca. 

        La hoja volvió a cubrir el umbral, esta vez en silencio, mientras sus pies avanzaban lejos del pasado.

01/10/2016 Alfredo Gil Pérez

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