lunes, 8 de agosto de 2016

La selkie

        La arena crujía bajo sus pies desnudos y el poderoso reclamo del mar le susurraba al oído poemas refrescantes que ya había olvidado. Oteó el horizonte y cogió una bocanada de aire fresco. Lo expulsó e inspiró lentamente inundando su mente con aquel melancólico olor a sal, algas y libertad. 

        Después de asegurarse de que no había nadie se desnudó dejando caer las pesadas ropas que le apretaban la piel como cadenas secas y disfrutó la caricia de la brisa marina jugueteando con su cuerpo. Escuchó el lamento de las olas y les ofreció dos regalos para consolarlas: una lágrima forjada en el dolor de los recuerdos y una sonrisa de alivio fresco. Tomó entre sus dedos el abrigo que tanto había añorado y lo acarició con mimo. Lo deslizó sobre sus hombros y se concentró en el abrazo de una piel tan suya como extraña, en un papel que hacía siglos no interpretaba por el miedo al oleaje y las circunstancias que la ataban a tierra firme. 

      Se acercó a la orilla, aquella linde entre dos mundos cargada de misterio, ausencias y silencios. Se dejó golpear por la furia de las olas que babeaban espuma. El grito del océano era potente y sus ansias no lo eran menos. Avanzó estoica como un acantilado que desafía la fuerza de aquel gigante azul, como un glaciar, constante e imperturbable. 

        Cuando el mar inundó sus pechos terminó de abrigarse. Se zambulló en su antiguo compañero y abrió los ojos a ese otro mundo que habla ahogado en sí mismo con ruidos densos y apagados. Los peces de colores parecían volar sobre los pastos de algas. La luz del sol se derramaba sobre el fondo nítida como un cristal y las piedras, las algas y la arena le devolvían la sonrisa coloreando la imagen que titilaba con el brillo de las escamas de sus moradores. Nadó deprisa, como si fuera la primera vez que lo hacía, como si descubriera la textura de las corrientes y la belleza de las cortinas de burbujas que se escapan con miedo hacia la superficie. Nadó tan rápido que agua se abría a su paso asombrada por la fuerza de sus movimientos y cuando la superficie parecía un techo lejano e infranqueable ascendió sedienta del aire y las nubes que aguardan en el cielo. Perforó la fina capa donde acaba el agua y saltó sobre las olas como una hermosa foca parda sin preocupaciones y un poco más vivas tras dejar atrás la mustia campiña que había sido su hogar.

08/08/2016 Alfredo Gil Pérez

No hay comentarios:

Publicar un comentario