lunes, 25 de abril de 2016

Pomona y Silvano

        Pomona corría por sus huertas domesticadas, empujada por un viento primaveral y furibundo que arrancaba las flores llevándose consigo la promesa de los frutos. Buscaba lo salvaje, harta de tanta sumisión. Quería encontrar el lugar donde los árboles cantan y las hiedras serpentean libres y salvajes. Pero las lindes de la huerta no parecen tener fin y cuando preguntas a los árboles han olvidado el nombre de las notas y carecen de inspiración. Se paró en seco, convocó a la fruta, se embriagó de aromas dulces y aún así seguía vacía y estéril. Las aves cantaron para consolarla pero no tenían ningún efecto en un alma eterna y agotada por la monotonía. Pomona lloró madreselvas y flores de jardín, las uvas se desprendieron maduras y cereal se secó triste en los campos labrados. Pomona bailó como las estaciones: dos pasos de invierno, uno de otoño y cinco primaveras. Imploró al cielo y siguió girando en una rueda sin aristas que los campesinos conocen bien. Llovió granizo, llegaron plagas y Pomona se dejó hacer ausente mientras los jardines se marchitaban y las hojas verdes se desprendían una a una en un goteo insidioso como el ritmo de un tambor.

        Al final, agotada, calló de rodillas y miró a su alrededor. Sólo quedaba el cuerpo mustio y retorcido de los frutales. La hierba brotaba indeleble y llovían dientes de león que traía la brisa taciturna de unas praderas olvidadas. Silvano asomó por las eras y piadoso acarició a Pomona ayudándola a levantarse. Bailaron juntos las estaciones y las huertas se abrigaron con frondosos bosques. La fruta pendía de las ramas y lo sumiso se mestizó con lo salvaje. Agotados pararon en un claro y observaron su obra. No había orden ni concierto, la luz llegaba tenue sobre la hojarasca y las piedras, antes ordenadas, se perdían en aquella inmensidad. Se aceptaron el uno al otro y satisfechos charlaron bajo las estrellas de la virtud del término medio. Habían creado un vergel con su propio concepto del cosmos. Y como el alma humana, estaba a caballo entre lo que controlamos y lo que se rebela indómito y libre. Después de milenios de labranza los árboles recordaron el ritmo de la música y en algún lugar oculto, perdido en el tiempo se habían encontrado las dos caras de una misma moneda.

         - Lo que ha creado la vida que no lo encuentre el hombre -  se dijo la diosa - Porque lo que toca pierde su música y refleja el vacío que todos ocultan en sus anhelos. - Silvano se entristeció consciente de que aquello no duraría mucho y orgulloso plantó un roble vigilante en el centro de aquél oasis de soledad y secretos. Puede que no exista la magia, pero la fuerza de algunos lugares se hace tan palpable en el imaginario que el mero hecho de adentrarnos en ellos nos empapa del latir de Pomona y Silvano. Una leyenda oculta bajo las piedras y susurrada por los remansos de agua que corren libres entre la futura madera. 

25/04/2016 Alfredo Gil Pérez

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