miércoles, 9 de marzo de 2016

Momento

        El parpadeo fue rápido, un torrente de luz y oscuridad que congeló los colores en el preciso instante en el que una polilla aleteaba remontando el vuelo sobre las hojas fustigadas por una corriente de aire perdida y noctámbula. El tacto del cemento era seco, casi cálido. Y el olor a madera cortada impregnaba un ambiente saturado por las risas de cuatro colegialas que correteaban por la calle contentas de ser libres, de ser jóvenes y de poder estirar las piernas. 

        Los coches encaraban sus rutas con una férrea decisión y los semáforos titilaban ajenos a cuanto les rodeaba. El grito de un claxon se quedó suspendido en el aire y el pájaro que se abalanzaba sobre la polilla, probablemente un cuervo negro azabache que ahora se fundía en un manchón emborronado por la velocidad, apuntaba como una flecha funesta hacia su objetivo. En el cielo las nubes comenzaban a retorcerse como un trapo y sus gotas se pararon en el preciso instante en el que su estructura vaporosa, casi espectral, se tornaba en gruesas perlas de líquido cristalino. 

        Las torres de la catedral seguían erguidas, impertérritas, y sus gárgolas asomaban sus picos y hocicos al vacío buscando la próxima presa sobre la que vomitar un chorro de agua inesperado. Los talones de los transeúntes besaban el suelo y las puntas de sus pies buscaban el cielo a cada paso, soñando con volar y dejar atrás la monotonía de un pavimento moldeado por los años y las huellas anónimas de mil almas indecisas que no saben muy bien a dónde van y que apenas recuerdan de dónde vienen. 

        Fue un momento y fue un siglo. Fue toda una revelación. Cuando las cuerdas de aquél cantante callejero y furtivo rasgaron la guitarra arrancando la primera nota, el hechizo se esfumó y ya no había polilla, el cuervo remontaba suspendido por sus alas. Del coche que claxonaba manaron insultos de todas las formas y tamaños, las colegialas siguieron su camino ausentes en sus juegos y las gotas de una lluvia torrencial se suicidaron, como un asesino silencioso. Cayeron en picado y bajo ellas la plaza se volvía un gigante sediento, con la piel cuarteada por los adoquines, que esperaba ansioso su beso húmedo y reconfortante. 

        Los transeúntes corrieron a refugiarse, las gárgolas escupieron divertidas, la música siguió sonando y haciendo reverberar la piedra que silenciosa escuchaba el sobresalto de un joven sobre el que había caído el chorro de una certera gárgola para hacerlo volver a la realidad. Se sacudió el pelo, cerró la cremallera de su chaqueta con un débil susurro metálico y se puso en marcha hacia la estación besando el suelo y buscando el cielo con la punta y el talón de sus deportivas desgastadas.

09/03/2016 Alfredo Gil Pérez

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