domingo, 7 de febrero de 2016

Un viaje inesperado

        Desde allí la ciudad se percibía como un entramado de bloques y cables que hacían las veces de raíces para aquel mastodóntico rascacielos. Las luces titilaban graciosas en las ventanas y por las calles un glaciar de intermitentes y faros alborotados se deslizaba en una procesión interminable. El viento y la lluvia de aquella oscura noche susurraban en sus orejas entumecidas y apostada en su ventana, con los pies colgando al vacío disfrutaba de la misteriosa aura salvaje de un organismo tan artificial como era la ciudad. - Es perfecto. - se dijo.

        Los relámpagos iluminaban el cielo y algún que otro rayo se abalanzaba sobre los tejados de los edificios más altos. Se concentró, alargó las piernas sobre el abismo y como si se sustentara gracias a las notas que flotaban en el aire comenzó a caminar sobre aquella amalgama de cemento e ilusiones oxidadas. Su paso era firme y decidido, aunque se forzaba a no mirar abajo por el miedo a perder la concentración y caer en picado hasta abrazar el suelo. Su pelo se zarandeaba con violencia como si tratara de gritarle que aquello era una locura, que debía volver a la seguridad del marco de su prisión. Pero hizo oídos sordos y continuó.

        Reunió el valor necesario y miró por debajo de sus pies desnudos. La ciudad había enmudecido y una marea de gentes sin rostro la observaba consumida por la tensión del momento. Una lágrima se camufló entre la lluvia y cuando se desprendió de su mejilla el soporte de aquella melodía disonante desapareció y calló inexorable hacia el vacío. Extendió sus brazos, disfrutó del vértigo y la adrenalina que se enmarañaban en su pecho como la presión de un géiser refrescante que intentara desesperadamente salvarle la vida. 

        Aquellas sombras inexpresivas de la calle trataron de protegerse con los brazos como quien recibe un rayo de sol demasiado potente y a escasos metros del suelo, cuando el aire silbaba con demasiada violencia contra su rostro, rugió. Las notas volvieron, describió una ele desviando su trayectoria para luego comenzar a ascender. Todo aquel ruido mecánico se ordenó, de los rostros lisos surgieron bocas que clamaron las notas perfectas, esas que bien combinadas te ponen la piel de gallina y te recorren la columna con una descarga violenta. El cielo comenzó a abrirse, el alba despuntó en el horizonte prendiendo un fuego naranja que inundaba de color el paisaje y se dejó transportar por la libertad de un sueño que esperaba no olvidar a la mañana siguiente cuando la ciudad volviera a perder su música armoniosa y la fantasía volviera a escapársele entre los dedos.

07/02/2016 Alfredo Gil Pérez
       

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