sábado, 20 de febrero de 2016

La gruta

        La entrada del túnel estaba plagada de móviles hechos con vidrios de colores y conchas. La luz del sol los aguijoneaba desprendiendo destellos que bailaban por las paredes de piedra acompañados por el tintineo que producía su choque sonámbulo. Avanzó sin darle importancia a la brisa que lo empujaba al interior y sus pupilas se dilataron para tratar de captar mejor las sombras que se agazapaban tras cada roca.  Sus pasos sonaban como si algo mascara piedras al pisar la gravilla que se acumulaba formando un lecho en el camino y la salida estaba tan lejos que a medida que se adentraba en aquella boca de lobo la oscuridad se hacía más y más densa. Echó un último vistazo sobre su hombro a la entrada y la brisa volvió a soplar cansada como una madre que anima a su pequeño a seguir adelante tras una caída.

         Al volver la vista al frente quedó cegado por unos instantes y avanzó guiándose por los sonidos. El flujo de aire casi parecía una voz que canturreaba. No muy lejos de ahí escuchaba un aleteo. Imaginó que habría algún tipo de ave instalada en aquella gruta y con sus pies hacía las veces de bastón comprobando lentamente si alguna roca se interponía en su camino. Notaba como la gruta descendía cada vez más y para cuando ya no había vuelta atrás y había perdido la orientación, sus manos extendidas tratando de rozar algún indicio dieron con una pared lisa, suave y fría. Contuvo la respiración tratando de averiguar qué era aquél material y resignado se alejó prefiriendo no arriesgarse a topar con algo que escapara a su comprensión. 

        Se quedó allí plantado, arrepentido de haberse alejado tanto de la luz y consciente de que salir de las entrañas de la montaña iba a suponer un trabajo mayor del que esperaba. De repente, como en respuesta a su desánimo, la brisa volvió a soplar empujándolo en una dirección, susurrándole: no estás solo, sígueme, síguenos... Y sus pasos se sucedieron envueltos entre aquellos velos de aliento que lo guiaban por el camino. 

        Notó que allí la oscuridad era más alta y más ancha, no encontraba adjetivos para describirlo pero sabía que así era. El viento lo había llevado hasta una cavidad inmensa sepultada por la roca y ante su desasosiego un torrente de luz comenzó a derramarse a sus espaldas. Se giró a tiempo para ver cómo la luz del sol, que debía de haberse posicionado justo en la boca de entrada, se derramaba en el interior de aquella gruta rebotando graciosamente por las paredes que parecían estar forradas en oro. Un entramado de complicados relieves cubrían toda la superficie con espirales, filigranas y rostros ya olvidados. Como si fuera una cascada la luz se derramó y le mostró la inmensidad de la bóveda que descansaba sobre su cabeza. Allí vio estrellas, nombres, manos, sonrisas y gestos que se contorneaban entre las sombras que proyectaba la luz que seguía su curso hasta otra pequeña cavidad. Corrió tras ella evitando a una bandada de murciélagos que se abalanzó hacia la salida y acompañado por la música de un mar de alas correosas y la melodía del viento fluyó por las venas de la montaña hasta llegar a la salida. 

        Lo que había allí escondido no tenía nombre, pero sabía que no merecía la pena tratar de darle uno. A veces las cosas no quieren ser conocidas y se muestran solamente como un fantasma para recordarnos que aún quedan misterios en las cosas más mundanas. El túnel vomitó a los murciélagos, a aquel chico azorado y el aroma a tierra envejecida con el silencio de los siglos sepultados.

20/02/2016 Alfredo Gil Pérez

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