jueves, 11 de febrero de 2016

Garoé

        Los tambores comenzaron a tronar bajo la tenue luz azul de la luna que dominaba el horizonte. Aquel baño casi argénteo flotaba en el aire como si todo el bosque estuviera sumergido en las aguas cristalinas de una laguna tranquila. El aire era denso y frío y las palmas de aquellas manos desnudas sangraban. Las enterró y mezcló su sangre con la turba negra y las raíces sedientas de aquellos árboles viejos y cansados. 

        La música venía de lo profundo de la ensombrecida maraña de troncos, ramas y hojas que oscilaban distraídas. Su corazón palpitó al ritmo de aquella misteriosa melodía. Siguió las instrucciones que le susurraba la bruma y arrancó las manos del suelo como quien trasplanta una mata, con un movimiento sordo y firme. Sus dedos se alargaron y bebieron de la luz, respiraron de aquel aire mestizo y comenzó a girar sin saber muy bien lo que hacía. Unos fuegos fatuos observaban suspendidos en el aire como un enjambre de ojos místicos titilantes y cuando se detuvo, un aguililla bajó en picado para posarse sobre las ramas que brotaban de sus manos. Sus ojos observaron al ave y las estrellas que portaba en su pico. La criatura hizo un nido y dejó allí aquellos astros diminutos antes de emprender el vuelo hasta perderse de vista. 

        Observó, con una mirada endurecida por la corteza. Esperó paciente a que se abrieran aquellas promesas de cristal. Noche tras noche, año tras año su tronco se fue abrigando con musgo y se adornó las ramas con flores blancas y amarillas, pero sus manos seguían abiertas a la esperanza de que en algún momento, en alguna luna, aquellas estrellas se abrirían para devolverle a la tierra su energía.

         Llegó la hora y una caracola bramó en la lejanía, los pájaros salieron en desbandada de las copas de los árboles, la tierra tembló para vomitar fuego en algún lugar no muy lejos de allí y de aquel nido polvoriento manó un aluvión de agua que se internó en la sombra para perderse y no volver. En ese momento cubrió sus ojos con telarañas y se echó a dormir como los demás abuelos de aquella cumbre de secretos mientras sus ramas lloraban vida complacidas.

11/02/2016 Alfredo Gil Pérez

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