martes, 19 de enero de 2016

La tejedora

        Las ramas azotaban la ventana mecidas por el frío viento invernal mientras ella se adentraba en su trance junto al fuego del hogar donde se preparaba con paciencia una sopa dentro del caldero negro que pendía sobre las llamas. El olor ocre bañaba la estancia y sus dedos bailaban con aquellas dos varas color plata y el hilo que se deslizaba suavemente por la yema de sus dedos, punto arriba, punto abajo. Todo venía de la misma bobina y sin embargo cada lazada era única y tiraba con una consistencia irreconocible en las otras.

        Su distraída sonrisa marcada por las arrugas indicaba que sus ojos grises ya estaban perdidos otra vez en el va y ven de las agujas y su choque metálico. El saber hacer de los años se materializaba en el fino tejido canelo y como una parca que trenza las vidas para conformar una visión panorámica del complejo entramado que nos arropa, aquella vieja, sola y abandonada en su cabaña hacía aparecer sus patrones de la nada como por arte de magia. 

        Un gato adormilado levantó la cabeza con el chisporroteo de las brasas y dejando atrás su mundo de puntadas encadenadas, la anciana le acarició la cabeza y se levantó colocando en su cesta las dos agujas, el hilo y la tela para ir a remover la cazuela, sin dejar de pensar en el milagro de lo cotidiano y en la pequeña maravilla que son dos manos que paren sueños, por muy débiles y encallecidas que éstas estén. 

        El gato jugó con el ovilló y la anciana aprobó con un par de chasquidos de lengua el sabor de la cena. En la ventana las ramas seguían golpeando excitadas por la brisa.

Alfredo Gil Pérez 19/01/2016

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