miércoles, 13 de enero de 2016

Coupeur de feu

        Impuso sus manos rugosas sobre la cabeza de aquella joven que temblaba víctima de los escalofríos de una fiebre que le estaba quemando el alma. Sus uñas se clavaban en la colcha tejida a mano con parches de colores tratando de aferrarse un poco más a este mundo y traer de vuelta el pie que ya había atravesado la bruma hacia el otro. Sus ojos estaban en blanco y aquel hombre entristecido se preguntaba si el dolor habría logrado ya bloquear su percepción o ella seguía luchando por mantenerse. Se concentró, trató de sentir la distancia que separaba las palmas de sus manos de aquella cabellera castaña y el calor que se refugiaba en el cuerpo vapuleado por la enfermedad. Invocó la esencia de lo simple y dejó que el fuego abrasador fluyera a sus propias manos y de ahí a su cuerpo. Deseó aliviar el sufrimiento, transmitirle nuevas energías y protegerla. 

        Como de costumbre no entendía muy bien cómo, pero el flujo estaba ahí. Él sólo era un catalizador de algo innato e instintivo. Se dejaba llevar por los sutiles sonidos e imágenes que venían a su mente donde lo salvaje observaba agazapado y la vida buscaba cualquier camino para seguir adelante. Pasó así más tiempo del que le hubiera gustado. Su mente se perdía en bosques y océanos oníricos cuando un mareo lo arrastró a la realidad. - Suficiente por hoy. - dijo recomponiéndose a unos ojos marrones que le observaban desorientados pero más calmados. Descargó todo aquello agitando sus manos y lavándoselas concienzudamente. Salió de la habitación y la dejó atrás con su propia batalla, deseando que su juventud llegara a ser vejez.

Alfredo Gil Pérez 13/01/2016

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