jueves, 10 de diciembre de 2015

Sáhara

        Se dejó secar la piel hasta que su color canelo se cuarteó de forma grotesca. El viento y el sol bailaban con el polvo que acariciaba su superficie limpiando como una lija los restos de lo que una vez la marcó como suya. Tembló de ganas contenidas y alzando sus tiernos brazos después de sucumbir ante el dulce letargo del desierto emergió resquebrajando las costras de barro seco y haciéndolas salir despedidas en todas direcciones. El marrón del suelo se batía con el azul del cielo y el blanco de la espuma del mar los miraba con expectación. Su rugido era tan temible como deseado. Y cuando los cascotes de tierra, las piedras y el polvo en suspensión comenzaron a llover devolviéndole el golpe, el océano lanzó sus olas al aire que se evaporaron y volaron ligeras como delicadas sábanas de seda dispuestas a precipitarse para besar su herida. 

        Se retorció con otro temblor y desperezándose con un sonoro bostezo se puso la sonrisa verde, la de color rojo, rosa, amarillo, azul, malva, esmeralda, naranja, negro... se puso los zumbidos y el chapoteo, se engalanó con los aullidos y los rugidos. El canto de los pájaros le dio luces y sombras cuando un collar de caracolas se posó sobre su pecho entonando el arrullo del agua y las mariposas coronaron sus cabellos color hierba tostada al sol. Se sentó sobre lo que antes eran dunas de polvo y acariciando a un león con aire distraído miró al horizonte satisfecha por como cambian las cosas.

10/12/2015 Alfredo Gil Pérez

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