sábado, 5 de diciembre de 2015

El guardián

        Sus pezuñas se hundían en el lecho del bosque produciendo el delicioso sonido que hace la lluvia de crujientes hojas secas de otoño al partirse. Sus orejas se movían nerviosas buscando indicios de que aún lo perseguían y su respiración se congeló en los pulmones aterrorizada por la idea de abandonar la seguridad de aquellas cavidades esponjosas. Avanzó en silencio, protegido por la penumbra y tras asegurarse de que estaba solo se adentró en una maraña de ramas y arbustos que parecía impenetrable. 

        Avanzó inexorable, sin dar importancia a los rasguños que aquí y allá iban dejando sobre su moteado pelaje las garras del bosque. Los pocos sonidos que lograban atravesar aquella muralla vegetal llegaban deformados, poco más que un fantasma sordo de lo que habían sido. Y de repente, una gota y tras ésta otra y otra más se precipitaron sobre algo que las hizo reverberar con una voz azul y fría.

        Su vista comenzó a desprenderse de la oscuridad pegajosa que cubría sus ojos y poco a poco apareció ante él una charca oculta entre las paredes de una majestuosa gruta por la que manaban gotas cristalinas. Una nube de luciérnagas revoloteaba sin hacer ningún ruido. Parecía que no se atrevieran a violar la tranquilidad de aquel refugio. Y mientras la hierba alta y los juncos que cubrían la orilla se zarandeaban mecidos por una suave brisa que surgía de las aguas pálidas, el ciervo se quitó la piel.

        Las luciérnagas se contonearon en tropel, emocionadas por lo que estaban viendo. Con esfuerzo el animal se había arrancado una flecha que estaba clavada en su lomo y la había plantado en la orilla. La forma humana que emergió del animal se dirigió sangrando al agua y sus ojos negros suplicaban clemencia.

        El reflejo verde pálido de las luciérnagas iba oscureciéndose conforme la sangre enturbiaba la charca, mientras que en la orilla la flecha echaba raíces. Con un leve crujido la luz de la luna atravesó la copa de los árboles como un torrente violento y el agua iluminada dejó de estar afectada por la gravedad. Millones de pequeñas gotas llovieron haca el cielo con parsimonia, en un movimiento espiral lento y sosegado. En medio de aquella escena surrealista el chico desnudo también levitaba. Nada en su apariencia nos habría dicho lo que en realidad era, salvo aquellos grandes ojos negros  que ahora estaban ocultos por sus párpados cerrados. Estiró los dedos y asió el aire con fuerza, los juncos chocaron unos contra otros produciendo un tintineo de maderas secas y cuando abrió aquellos dos ópalos negros que tenía por ojos, reflejaron las estrellas y vieron que su herida estaba cerrada. La luz desapareció, el agua se abalanzó sobre la charca levantando una pequeña ola y el muchacho se dejó arrastrar por ella una vez se hubo zambullido en el líquido que volvía a ser de un claro reconfortante. 

        Al llegar a la orilla alzó la vista y descubrió que de la flecha brotaban unas primeras hojas tiernas y verdes. Fue hacia la roca sobre la que reposaba su pelaje moteado y antes de vestirse y marcharse para no volver dedicó una mirada de agradecimiento a aquellas pequeñas luces verdes que guardarían su secreto.


05/12/2015 Alfredo Gil Pérez

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