domingo, 15 de noviembre de 2015

Tiros al aire

        Con el arma alzada apretó el gatillo y gritó con rabia desgarrando el aire y el silencio que precede a la tormenta. Su mano estaba poseída y su corazón maldito por la sed de sangre. Las lágrimas que manaban de sus ojos pendían confusas en medio de aquél caos sin saber si lloraban por los objetivos que caían uno tras otro o por la humanidad de su asesino que huía en carnes, horrorizada entre los cuerpos que llenaban el suelo con la mirada perdida. Al fin y al cabo todos eran víctimas. Unos de la mala suerte y el otro de su ignorancia y circunstancias. 

       La kalashnikov quiso fundirse de vergüenza. Deseó por un momento que su metal volviera a dormir entre las piedras y que la pólvora se dedicara a los coloridos fuegos de artificio en lugar de propulsar proyectiles sin alma. Los dedos que la aferraban se negaban a dejarla ir, presa de su propio pánico fanático.

        Tal vez en medio de aquel baile de horrores alguien habría escuchado las súplicas de aquel objeto que se hubiera ofrecido como chivo expiatorio para evitar más sangre. Pero al final los hombres somos animales vengativos e irracionales. Cuando llegue el momento otras manos poseídas y otras armas secuestradas danzarán en otras tierras, con otros objetivos pero con la misma metódica macabra de tumbar indefensos y reducir la humanidad a una broma del destino que en algún momento nos hizo creer que el mundo sería lo suficientemente sabio para aprender a vivir en paz y armonía. 

15/11/2015 Alfredo Gil Pérez

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