domingo, 11 de octubre de 2015

La horda inquieta

        Aquellos seres corrían por la jungla como un enjambre de arañas enloquecidas. Sus máscaras ocultaban su piel blanquecina con un mar de muecas de porcelana que hacían una pantomima de lo que una vez fueron sentimientos. Perdidos como estaban en aquel océano vegetal ya no importaban esas cosas tan nimias. Sólo avanzaban, como autómatas, sucumbiendo al magnetismo animal que les prometía un claro de luna entre tanta tiniebla.

        El agotamiento era una consigna ancestral y el esfuerzo un flagelo cruel que daba aires de legitimidad. El explorador siguió allí, pasmado ante su secreta visión surrealista. Ni siquiera se atrevía a respirar por miedo a que lo descubrieran. Pero por alguna extraña razón aquellas cosas le parecían humanas, luchando infatigables por promesas de humo y una moral de piedra. No era más que otra sociedad más cruda y desnuda que la suya, pero con la misma inquietud rezumando de sus venas. ¿Hasta dónde había que llegar para obtener los anhelos que nos hacen libres? ¿Cuánto vale el batir las alas? ¿Merece la pena?

        En ese momento una de aquellas abominaciones se plantó frente a él y retiró su máscara con un gesto cuidadosamente estudiado. El explorador se llevó la mano al pecho y contuvo el aliento cuando vio que aquellos dos ojos que le observaban eran sus mismos ojos perdidos en otro rostro, con otros rasgos y en otro tiempo diferente al que vivía ahora.

11/10/2015 Alfredo Gil Pérez

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