martes, 15 de septiembre de 2015

Unas pocas palabras

        Y aquí estoy frente a una hoja en blanco, boli en mano, dispuesto a arañarla con todo el mimo posible. Su color anacarado me acongoja y como un artesano teme rasgar su pieza con el escalpelo, yo me enfrento al meticuloso intento de no dañar la obra con las palabras equivocadas.

        Dicen que cuando se atraganta la musa y te lanzas al vacío de las letras es más fácil embrujar el corazón del lector con unas pocas frases, pero lo cierto es que el arte de forjar quimeras no es sencillo. 

        Podría escribir y no escribo el llanto o la alegría, tocar la esencia de la trama como quien puntea una guitarra para narrar las glorias y las miserias de una vida de papel. 

        La ira, la frustración, la risa, la plenitud son todas un mosaico vidriado que brilla en cada mente con un color único e irrepetible. ¿Cómo saber entonces si los matices que se interpretan son los correctos? ¿Cómo asegurarnos de que cada lectura es una copia de lo que se gestó en su origen? No se puede. Y es en parte esta frustración desconcertante lo que hace de la escritura algo mágico. 

        Cada persona que se zambulle en este mar preconcebido no lo hace de la misma manera que los otros, ni el mar que les espera en cada visita será el mismo. Lo que daría yo por poder asomarme a los corazones de cada persona y averiguar de qué materia están hechos sus sueños. Lo maravilloso que sería superponer todas las recreaciones de una misma escena para, como ocurre con las capas de pigmentos de un lienzo, dibujar todas sus sombras y luces pudiendo así hacernos una idea de lo lejos que puede llegar la imaginación humana.


15/09/2015 Alfredo Gil Pérez

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