martes, 22 de septiembre de 2015

La dama y la serpiente

        La cobra se deslizaba haciendo eses con su cuerpo grueso y escamado sobre la superficie fría de mármol. Oteaba con su lengua el aire y avanzaba inexorable hacia el altar que se ocultaba entre aquel bosque de columnas erigidas con sudor y lágrimas. Casi parecía danzar sensualmente y su capucha estaba abierta como la colorida cola de un pavo real, pero tintada de augurios de muerte. El silencio era supremo y tendida sobre el altar la joven dormía a la espera de su acompañante.

        Una vez al pie de la mesa en piedra bruta, el reptil se irguió hasta alcanzar sus brazos negros que contrastaban con la túnica de un blanco virginal. Se enroscó y trepó en espiral hasta posarse sobre su pecho y siseando la despertó con dulzura. La chica no pudo evitar sobresaltarse y tras inspirar profundamente para calmar su corazón desbocado se dejó hipnotizar por aquellos misteriosos ópalos que tenía por ojos la criatura. El animal abrió la boca y sacó los colmillos, olisqueó su alma con la lengua y volvió a cerrar sus fauces. 

        Con movimientos violentos comenzó a morderse la piel y dejó verter su sangre sobre los labios de la chica. Asustada, bebió y notó el frío recorrer su cuerpo. Vio la noche, olió el calor, notó el tacto de las estrellas en sus ojos y antes de descender del altar deslizando su nueva cola para perderse en la inmensidad del laberinto comprendió que el canto de las serpientes es tan perturbador como extrañamente placentero.

22/09/2015 Alfredo Gil Pérez

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