jueves, 20 de agosto de 2015

El refugio

        Estaba rodeada. Las caras se sucedían con las mismas facciones lisas e irreconocibles como si alguien hubiera limado su humanidad. Las risas martilleaban su ego y una presión infundida se instaló en su pecho para no marcharse. Una hiedra venenosa comenzó a trepar por sus piernas y el frío del rechazo se arremolinaba en aquel aquelarre de pesadilla. 

        Se dio por vencida, se dejó hacer y su luz se apagaba poco a poco, como una vela abandonada a la intemperie que lucha en vano por mantener la llama. Y eso hubiera sido lo que habría pasado de no ser por el último coletazo de rabia que hizo el primer movimiento de aquella estatua en la que se había transformado su cuerpo. La superficie se desgranó y poco a poco cayeron los cascotes que la habían aprisionado. Golpeó la tierra con furia y enterró sus manos para sepultar con ellas sus miedos. Abrió la boca y bramó sus sentimientos que resonaron en una rapsodia de lágrimas,  calor,  vida e ilusiones. Sus cabellos se elevaron ingrávidos y sus ojos se inflamaron de verbos prohibidos.

        Todos se desvanecieron. Dejaron de ser importantes y ella pasó a primer plano, como debía de ser. Sus sueños a partir de aquella noche fueron calmos y apacibles. Sus días tal vez no tanto pero su refugio volvía a ser sagrado.

20/08/2015 Alfredo Gil Pérez

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