miércoles, 15 de julio de 2015

Inmersión

        El agua estaba quieta, como ese instante en el que todo se detiene y te preguntas a slow motion durante cinco segundos eternizados qué haces tú ahí. Buscaba mi reflejo, tratando de aferrarme a algo que me dijera que aún no me había perdido a mi mismo. Me alongué sobre la orilla cubierta de hierbajos y ahí estaba, fiel como siempre, como el latido constante de mi corazón o ese pitido molesto que llega sin ser llamado y decide que putearte es una buena opción para pasar el domingo. El aire rozaba mi cara con ternura, perdido entre las corrientes y yo me centré en las pupilas invertidas que me devolvían la mirada inexpresiva. Rocé la superficie con la palma de la mano abierta y aquella sombra de mí imitó el gesto tratando de alcanzarme. 

        El contacto del agua era sólido. Una especie de película de hielo había calado y me impedía tocar el otro lado. Golpeé desesperado, poseído por encontrarme a mi mismo como un Narciso sin amor propio. Escuché pasos a mi espalda y cuando el hielo quebró una presencia trató de asirme para impedirme pasar al otro lado. Mi reflejo se abalanzó a mis brazos y tiró de mí hacia aquel profundo charco. Dudé, dudé entre dejarme llevar o permanecer en tierra firme. Pero las ganas de agua fueron más fuertes y me zambullí dejando atrás la superficie y todo lo que ella representaba. Me sumergí en mis aguas espesas y reconfortantes. Noté el latir de mi corazón, aguanté la respiración y ahí me quedé suspendido en un abismo azul y misterioso mientras trataba de comprender qué me había impulsado a hacerlo y qué obtenía yo de todo ello. 

        Pronto me sumí en la nada, en el tenue murmullo de la corriente chocando con la piedra, en ese tacto extraño que nos besa la piel bajo las aguas y en el sentimiento de hogar que siempre me ha evocado la visión del cielo cuando estamos sumergidos a cierta profundidad. No sé si lloré mientras sonreía, las lágrimas se disimulan muy bien cuando no están solas. Sólo sé que por primera vez en mucho tiempo me sentía arropado y la punzada de dolor por estar lejos se ahogaba poco a poco mientras los recuerdos del mar desfilaban flotando en aquel pozo de introspección. 

        Cuando llegó el momento y mis pulmones me suplicaron que volviera emergí de aquel refugio inesperado. Pero esta vez lo hice con otros ojos, con otras ganas y el alma limpia, labrada con el fantasma de las olas saladas que me llamaban desde un horizonte inalcanzable. Los horizontes inalcanzables siempre han sido los más románticos, nos dan promesas y nunca tienen por qué demostrarlas porque no es llegar lo que cuenta, es la esperanza que nos da la idea de ir a su encuentro lo que nos inflama y nos llena el corazón de razones para seguir remando en su búsqueda odisíaca.

15/07/2015 Alfredo Gil Pérez

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