martes, 7 de julio de 2015

El vigía

        Hay un lobo en mi ventana y me pregunto qué busca con sus ojos color ámbar, llenos de luz de la luna. No retira su mirada cuando centro la mía en sus pupilas y el vaho se condensa en su hocico húmedo cuando respira hambriento los suspiros perdidos en la noche.

        Su pelaje tupido me eriza la piel y sus orejas puntiagudas vibran con el silencio y la quietud de la tinieblas. No es depredador, al menos no lo es ahora. Él sólo espera y me inquieta no saber a qué. Con esa paciencia envejecida y sus garras escondidas parece manso, aunque no deja de ser un lobo. Un lobo que acecha calmo, como el cielo antes de la tormenta que es hermoso y relajante pero lleva bajo sus patas almohadilladas la promesa de un violento desenlace.

        ¿Seguirán ahí sus dientes? ¿Me morderá si le dejo? ¿O finalmente un lobo será más de lo que le concedemos cuando lo imaginamos desgarrando su supervivencia? No lo sé, pero mis ojos imploran saberlo.

07/07/2015 Alfredo Gil Pérez

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