martes, 2 de junio de 2015

Pereza

        La música era monótona, cuatro notas de base y un saxo bailando por los contornos de aquella ciudad silenciosa, dormida. Las persianas a media asta resistían el embate del viento y su sonrisa inerte se dejaba hacer por la luz de las pantallas que circundaban la cama. Sus dedos frenéticos se abalanzaban sobre las teclas que proyectaba un pequeño foco sobre su regazo, vertiendo las palabras que tal vez alguien ya había dicho. A su lado una pequeña pantera negra y domesticada jugaba con su ratón de peluche y una taza de té olvidada se enfriaba solitaria en la mesilla de noche. 

        Allá fuera la gente paseaba, subía y bajaba escaleras, hablaba, pero poco le importaba el mundo exterior cuando estaba refugiado en su pequeño escondite. A veces las mejores aventuras se viven desde la calidez de un hogar y los días más apasionantes pueden ser aquellos en los que nos dejamos llevar por la pereza celebrando los bostezos en una cama, solos o acompañados, ajenos a los problemas del día a día.

 02/06/2015 Alfredo Gil Pérez

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