viernes, 19 de junio de 2015

Manos sucias

        Ella buscaba un refugio, un hogar, una excusa para decirle al frío de aquella noche invernal que tenía que partir. Pero los cartones apilados en el callejón no eran de mucho consuelo cuando alzaba la vista y vislumbraba a través de las ventanas de los altos edificios la calidez de sus habitantes. Las ratas trataban de consolarla y los gatos callejeros la culpabilizaban con su indiferencia felina. 

        Un sentimiento violento de impotencia la invadía al pensar en su situación y la injusticia se hacía tangible en aquella rígida pirámide jerárquica. Quien había tenido suerte tenía derecho a vivir, quien no... bueno, intentaba sobrevivir en la extraña jungla de asfalto. 

        No era tonta, tampoco una persona que se dejara llevar por la pereza, pero el bucle de malos días se había vuelto infinito hasta arrastrarla al abismo donde los demás deciden que no existimos y pasamos a ser un rostro vacío adornado con unas ropas de exclusión. Los nuevos campos de concentración eran al aire libre y con libertad de movimientos, todo un lujo liberal, pero la condena era la misma. La pena de muerte había cambiado la esvástica por el símbolo del dolar y el exterminio era silencioso, menos doloroso para los responsables y no hacía distinciones racistas, sexistas ni de ninguna clase. Bastaba con dos pasos en falso para verse atrapado en él, con una indefensión aprendida muy conveniente. "Es mi culpa", se repetía una y otra vez mientras asaltaba los contenedores con la esperanza de encontrar entre los restos de los sueños de "los otros" algo de utilidad. "He fracasado en la vida".

        Ni siquiera estaba segura de que quedara alguien que recordara su nombre en aquellas calles lúgubres. Pero fue allí, al borde de la nada y a poco de fundirse con el impersonal decorado de la ciudad que tuvo su gran revelación. Supo del hambre, de las penas digeridas en soledad con alcohol barato y de la lucha que legitima la inmoralidad e inhumanidad. Vio el pecado original de las sociedades y recibió el pago expiatorio de algunas monedas para salvar sus almas. Fue consciente de que con su muerte, cuando exhalara un ultimo suspiro agotada y aburrida como sus iguales, la humanidad moriría un poco con ellos y nos alejaríamos más y más de la línea donde figura el límite para que se desmorone víctima de la culpabilidad que corroe sus cimientos con susurros descarnados de una ingenuidad tan infantil como asesina.


19/06/2015 Alfredo Gil Pérez

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