jueves, 11 de junio de 2015

La espuma del mar

        La vorágine de la tormenta se cernía sobre aquella pequeña barca perdida en la inmensidad del océano. Las olas pasaban una tras otra como gigantescos muros verticales que la empujaban haciendo tambalearse a aquel pequeño humano aterrorizado que hacía lo imposible por mantener el equilibrio y no dejarse engullir por el pánico. El mar era oscuro y aunque la luna brillaba en el cielo aquella situación no podía ser más tenebrosa. Se sentía ridículo tratando de mantenerse a flote y se maldecía una y mil veces por haber decidido hacerse a la mar. 

        Los rayos se sucedían aquí y allá y la lluvia, aunque era torrencial, no podía mojarlo más de lo que ya estaba. Giró el timón que temblaba, poseído por las violentas corrientes que vapuleaban la embarcación, para encarar la siguiente bestia de agua que se cernía sobre él con su característico sonido ensordecedor. Comenzó a elevarse con todas sus esperanzas puestas en salvar una ola más, sólo una más después de la anterior, pero aquel esfuerzo se eternizaba. 

        A penas había llegado a la mitad cuando la barca comenzó a caer sobre sí misma y el duro abrazo de aquel líquido lo envolvió en un bucle perfecto, una caverna translúcida que se detuvo en el instante en el que pudo ver su interior. Sorprendido tocó la superficie, su cuerpo no terminaba de caer y bajo el agua, por un instante, pudo ver las ballenas, las medusas y una miríada de hermosos peces distraídos, ajenos al infierno frío que se convulsionaba en la superficie. El plancton brillaba y aquella maravillosa serenidad del fondo marino lo sedujo. No sabía si mañana sería otro día para él, pero la lucha había merecido la pena al poder ver cara a cara la temible belleza de la naturaleza salvaje y desatada. Algún día, tal vez, podría contarlo para que nadie le creyera y vivir ensimismado en el recuerdo de aquel efímero momento salado.

11/06/2015 Alfredo Gil Pérez

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