lunes, 8 de junio de 2015

El ciclo de Merlín y Morgana

        La tormenta se ensaña con la ciudad descargando su lluvia violenta y sus rayos. Pero yo sólo puedo pensar en que as vuelto. Tienes otros ojos, una sonrisa diferente y tus manos son distintas, aunque no me cabe duda de que eres tú. Me concentro en tus iris y me pierdo como siempre lo he hecho en su color sobrenatural. Tu olor me abstrae y tu risa me lleva lejos de aquí, a donde la hierba siempre es verde y los árboles dan sombra. 

        Te toco, para asegurarme de que no es ningún espejismo y me sorprendo a mí mismo con la sonrisa bobalicona de hace ya siglos, cuando las gárgolas danzaban bajo la luna y las brujas giraban cantando entorno a la misma hoguera que nos calienta esta noche contando las estrellas junto a la tienda de campaña. 

        Tu magia es antigua y pensaba que ya estaba muerta. Esa naturalidad para hechizarme con tus gestos y tus palabras es demasiado poderosa como para resistirse. Me dejo llevar y me abrigo bajo tus alas cristalinas de lepidóptero, esperando que esta vez no me conviertas en roble y vagues conmigo por el mundo, lejos de los bosques de bretaña. 

        Tu cuerpo es diferente y aunque nuestras almas sean viejas aquí estamos como dos adolescentes que descubren la electricidad reconfortante de un amor inesperado. Los troncos susurran curiosos y las hojas canturrean con el viento. Por tus labios fluyen promesas y por los míos besos que las sellan a cada palabra tuya bebiendo de las esperanzas que manan de tu lengua inundando la noche. 

        No sé si esto será otra de tus quimeras del ensueño, no sé si el círculo de hadas durará para siempre, sólo sé que hace ya un buen rato que me dejé engullir por este bosque sosegado en el que escondes tus sentimientos y al que me dejas entrar tímidamente para tocar tu desnuda intimidad.

08/06/2015 Alfredo Gil Pérez

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