viernes, 5 de junio de 2015

Dejar el nido

        Abre tus alas de fuego con sus llamas iridiscentes y bátelas. Despliega tus plumas carmesí y despega de esta tierra seca y cansada para alcanzar el sol de media noche. Está ahí, lo juro, aunque aún no lo veas, muy al norte como para ser ficticio, demasiado bello como para perdérselo. Surca las auroras boreales que juegan graciosas con las corrientes de aire frío y si ves la nieve fundirse sucumbiendo al tierno abrazo de este calor estival no sientas pena por ella, algún día volverá. 

        Sobrevuela los bosques y las estepas, las villas y las ciudades. No dejes que el viento te abata ni que la firme promesa de un océano congelado se convierta en fanatismo. Aprende de tu vuelo y cuando vuelvas de surcar el mundo, cuéntamelo para que yo también pueda ver en tus ojos las maravillas recónditas que pasamos por alto. 

        No juegues a fingir que no quieres, los dos sabemos que el viaje es largo pero te llama con su voz de sirena. No te reproches por partir, congratúlate por la posibilidad de tu regreso con las alas más fuertes y la sonrisa más amplia que dan las experiencias inesperadas del camino. 

        Abandona el nido, pero promete que volverás para reconstruirlo y hacerlo tuyo, o tan sólo que volverás. Las despedidas no son ni dulces ni amargas, son saladas como el mar que se cuela con su sabor y su olor nostálgico cuando estamos tierra adentro y el rumor de las olas es la música de una caracola ajada que nos recuerda de dónde venimos y a dónde queremos ir.

05/06/2015 Alfredo Gil Pérez

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