miércoles, 20 de mayo de 2015

Tacto negro

        Había oído hablar antes de la cúpula de las estrellas. Pero nada de lo que se contaba alcanzaba a describir aquello. Se encontraba sola, a oscuras bajo aquel inmenso mastodonte convexo y con los ojos abiertos de par en par. Daba la impresión de que las tinieblas danzaran y la forma de la construcción se intuía por el tenue brillo de aquellas misteriosas luces doradas y parpadeantes que vagaban por su superficie. 

        ¿Qué eran? No sabría decirlo. ¿Para qué servían? Era un enigma. El sonido seco de las gigantescas piedras deslizándose las unas sobre las otras susurraban una melodía constante y desconcertante. Y en el centro de la sala se vislumbraba una gruesa columna de cristal con escaleras horadadas en su superficie. Sin pensarlo dos veces se aventuró a subirlas y al alcanzar la cima fue consciente de la inmensidad de aquel lugar. Estaba cerca del techo, podía tocarlo si quería, pero por extraño que parezca allí no parecía haber nada. Se escuchaban las piedras con más intensidad, como cuando el mar revuelto arrastra los callaos en una playa. Pero la bruma de sombras tenía una textura y una consistencia irracionales. 

        Temerosa dirigió su mano para acariciarla y como cuando la introducimos en una charca tranquila, se propagaron hondas por toda la cúpula. Su piel había atravesado aquel ¿líquido? Todas las diminutas luces se precipitaron hacia el lugar donde se había producido el contacto como una impresionante lluvia de estrellas fugaces. Excitadas palpitaban entorno a sus dedos y un extraño pulso comenzó a recorrer su brazo, su hombro, su pecho... hasta alcanzar su corazón y bañarlo de una calidez agradable a la par que inesperada. 

        Arrastrada por la curiosidad introdujo sin pensarlo su cabeza para ver qué había ahí dentro. Lo hizo a pesar de las advertencias de los viejos de la zona y lo que vio bien merecía que se tapiaran las cuevas que daban acceso a ese recóndito lugar del corazón de las montañas. 

        Ante ella se habría el universo. Sus galaxias, sus cometas y asteroides danzaban plácidamente en el vacío y en el horizonte, más allá de lo inalcanzable, unos ojos cerrados dormitaban en paz, ajenos a la danza de aquellas insignificantes cosas celestes. Un cuerpo armonioso y titánico, un cuerpo que no era humano se tendía en su letargo. A su lado una inmensa roca palpitaba rezumando un polvo negro y brillante. Exhaló su aliento sorprendida y aquella cosa abrió violentamente los ojos, que no eran dos, ni eran muchos. Inspiró sin boca y engulló todo cuanto danzaba. Sólo quedaba un vacío frío y desolador. El horror sacudió las carnes de aquella pobre chica flotando en el vacío. Y cuando fue a gritar sin proferir un sonido, los ojos de aquella criatura se calmaron, casi sonrieron y expulsó todo cuanto se había tragado para hacerlo brillar con más fuerza. 

        Volvió a dormir, era sólo un bostezo en aquella inmensa noche, era sólo un ciclo más en aquel universo caleidoscópico y minimalista. Ella volvió a la sala sin saber cómo, estaba en la entrada lejos del pilar que se erguía soberbio observando sus movimientos. Se volvió no muy segura de lo que había pasado y abandonó la gruta donde aún reverberaba la respiración de piedra de aquel gigante que dormitaba en las estrellas.

20/05/2015 Alfredo Gil Pérez


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