jueves, 16 de abril de 2015

Las edades del amor

        El amor es frágil y temeroso, se desliza escurridizo donde nadie lo espera y se abriga débil y asustado. Se oculta, echa raíces profundas y bifurcadas encontrando con suerte el maná de las caricias de las manos esperadas. Con frecuencia se acoraza y finge no oír la llamada. Es una sustancia de cristal, algodonada que hace las veces de guía y otras de perdición anticipada.

        Es un niño caprichoso en todas sus formas. Madura pocas veces y caduca tantas otras entre las hojas secas y arrugadas de las cartas releídas y el sabor amargo de las confesiones retenidas en la boca.

        El amor no sabe distinguir y se equivoca, pero de la manera más dulce, de una forma tan tonta que al final no le culpamos por llamar donde no toca. 

        Es un fruto blanco o rojo, es platónico o carnal, es amante y es amigo; y tras todo, cuando cae en buenas manos no importa ya su tipo o condición. Es una mata salvaje, milagrosa que todo lo cura con su eterna metáfora de es hoy, es aquí y es ahora. Mañana será otro día en el que mirarlo y pensar: Si no fuera, en la reconfortante nostalgia de haberlo tenido; si aún fuera, en la suerte de respirarlo un poco más; y si creciera y brotaran sus ramas ligeras de nuestro tronco, dejarse llevar por la idílica maravilla del amor maduro y sabio, de sus flores caducas, perennes en nuestra memoria.

16/04/2015 Alfredo Gil Pérez

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