viernes, 24 de abril de 2015

La tejedora

        Se situó cara a cara con su víctima y sopló la palma de su mano etérea para rociarla con el merecido descanso tras una larga jornada de trabajo. Una nube de sopor parpadeante envolvió su rostro y al respirarlo los músculos de su mandíbula se tensaron, sus párpado cayeron a plomo, su boca se abrió engullendo con voracidad el resto de la sustancia que flotaba titilante en el aire. Cuando se desató el bostezo,  la criatura mantenía abierta una cajita de obsidiana frente a él para recuperar el aliento de energía que manó al final de aquel grito somnoliento.

        Una descarga reconfortante recorrió su cuerpo y aquel ser aprovechó que algunos ojos incautos habían reparado en la escena para propagar la pandemia de Morfeo. Uno a uno encapsuló aquellos tenues soplos de alma cansada hasta que no quedó nadie que repitiera el eco.

        En ese momento un joven sentado en un banco, cabizbajo, con la mirada perdida llamó su atención y tiró de su túnica cosida con polvo de estrellas para acercarse. Abrió sus ocho ojos con interés analizando su exquisita aura y tamborileó pensativa con sus estilizados dedos negros como la noche sobre la tapa finamente labrada. Un suspiro de apatía que azotó sus vestimentas terminó de convencerla para abrir el cubículo y dejar escapar una corriente de aire fresco y reparador que se abalanzó sobre la cara del transeúnte. 

        Su expresión cambió radicalmente, se sentía extrañamente más animado y eso le confundía. Las mandíbulas de aquella cosa repiquetearon y por un momento notó la sensación de no estar solo y de sentirse observado. Sacudió la cabeza despejándose y volvió a lo suyo mientras una figura invisible se alejaba buscando el material preciso para llenar su tintero con el que pinta sueños cada noche.


24/04/2015 Alfredo Gil Pérez

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