martes, 7 de abril de 2015

La pequeña wiccana

        Introdujo con mimo las hierbas de su sortilegio en un saquito de terciopelo, deslizándolas con sus dedos blancos como el nácar. Sus ojos verdes, satisfechos se cerraron y mientras canturreaba invocó a los guardianes del círculo que se posicionaron atentos a su llamada.

        Sus cabellos teñidos de rojo, como los de las grandes brujas de las leyendas, se zarandearon mecidos por una brisa insospechada. Mientras, sus oraciones fluían por el aire como gotas de lluvia arrastradas por el viento de su aliento.

        Notó la energía y vertió sus sentimientos sobre el talismán como quien vacía un ánfora. La tranquilidad, el calor, sus esperanzas; todo se fundió en aquel pequeño saco y al terminar, la procesión de velas que formaban su círculo se apagaron.

        Estaba hecho, su mano protectora cuidaría de alguien y una sonrisa maternal, similar a la que surge cuando escuchas la primera palabra de un pequeño, adornó sus labios al abrir los ojos consumidos y brillantes por el trance.


07/04/2015 Alfredo Gil Pérez

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