martes, 28 de abril de 2015

El laberinto

        Las paredes del laberinto eran antiguas y las cicatrices del paso del tiempo agrietaban sus piedras oscuras. Él pasaba de un corredor a otro deseando que la salida se encontrara a la vuelta de la esquina, pero conforme avanzaba no hacía más que adentrarse hacia el corazón de aquellos muros que palpitaban susurrando los secretos mejor guardados de su memoria.

        Talladas en relieves las imágenes se giraban observándolo con curiosidad. Caras de gente conocida, de extraños, besos, despedidas, olores, ilusiones... todo estaba petrificado, esparcido por aquella roca misteriosa. El suelo era de cristal, de un cristal tan limpio que reflejaba sus pasos y a pesar de no haber techo, la inmensidad de los muros le impedía ver qué había allá arriba. La única luz disponible era la que proyectaba su cuerpo irradiante sobre aquel suelo caprichoso por el que se deslizaba.

        Una mano salió disparada del muro hasta su brazo suplicándole ayuda y al intentar zafarse sus ojos se perdieron en la expresión de desolación de aquella pobre figura. De pronto un sentimiento de comprensión inundó su cuerpo. Tiró de ella hasta desprenderla de la estructura y un impulso sobrehumano los arrancó a los dos arrastrándolos sin piedad por el camino de vuelta a una velocidad vertiginosa, haciendo cabriolas imposibles para evitar estrellarse contra las paredes. ¡Qué dura es la vida de impulso nervioso! Tan pronto encuentras el sentido de tu existencia te echan de tu lugar para llevarte muy lejos de allí y lo único que espera a la llegada es el olvido. ¿Pensará alguien en ti cuando les ayudas a recordar?


28/04/2015 Alfredo Gil Pérez

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