miércoles, 8 de abril de 2015

El ídolo roto

        Los copos de nieve caían lentamente sobre las piedras del templo. Silencioso sobre su atalaya el sacerdote oteaba el horizonte disfrutando de la vista y buscando el reflejo de sus visiones en las montañas cubiertas por un manto de nieve en polvo.

        - Maestro, hay algo que me gustaría preguntarte. - le dijo el aprendiz temeroso. El anciano lo observó de reojo y asintió sin apartar la vista de la linde donde la tierra se estiraba tratando de rasgar el cielo. - Siempre te he tomado como modelo, tu mirada perdida me susurra que cabilas cosas que yo aún no me he atrevido a plantearme y antes de partir y tomar mi camino en solitario me gustaría saber. ¿Cómo puedo hacer para tener una vida tan plena como la tuya?

        El frío se apoderó de aquellos pobres huesos viejos y despegando sus labios con cautela se sinceró. - Hijo, ahora que abandonas el templo hay algo que debes escuchar. Te equivocas por completo respecto a mí. Como todo buen ser humano no tengo ni la menor idea de a dónde va mi vida. Sólo sé de donde vengo y a dónde aspiro a ir. Soy consciente del ahora y todo lo demás queda oculto bajo un velo de misterio que me hace sentir estúpido. Y sin embargo es justo eso lo que le da sentido al hecho de seguir vivo. Acepta tu impotencia, tu debilidad con humildad, céntrate en aprovechar tus experiencias y estoy seguro de que no habrá nada que te haga sentir mal cuando estés sentado en una atalaya oteando el horizonte en busca de la muerte. 

        La respuesta desgarró el mundo de aquel joven y lo redujo a ruinas en poco más de unos segundos. Pero en el fondo, sabía que habían brotado con ella los primeros versos del poema que habría de ser su vida. Se levantó, agradeció a su maestro todos sus cuidados y se puso en marcha fundiéndose con la vorágine que son siempre los caminos. 

08/04/2015 Alfredo Gil Pérez

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