sábado, 18 de abril de 2015

Código 33

        Se acercó asustada a la pantalla y acarició cada una de las letras de su última frase. No era una combinación muy hermosa, más bien era desagradable. La sensación que desprendía era fría y desgarradora, hacía que bajo las yemas de sus dedos el pulso se ralentizara horrorizado por descubrir hasta dónde la había arrastrado su ego.

        Esa era su intención antes de pulsar Enter, herir. ¡Y vaya que si lo había logrado! Los puntos suspensivos que anunciaban la escritura desaparecieron y se quedó sola con el resultado de su arranque de furia. Las palabras parecían contonearse mofándose de ella y una lágrima de impotencia rodó por su mejilla sin apartar la vista del ordenador. 

        Aquello no era como hablar, el viento no se llevaría lo que había dicho y el tiempo no lo haría difuminarse. Estaba allí, latente como la primera vez esperando agazapado a ser leído a la carta por un receptor dolido y un emisor arrepentido del fuego que echa por los dedos. 

        Las cosas se arreglarían, lo sabía. Pero siempre, en algún lugar, estaría grabada en tinta de unos y ceros aquella espada de odio y arrogancia que había atravesado un corazón desprevenido. Deslizó sus dedos por las teclas para escribir "lo siento", y realmente lo sentía. Aunque sin rostro, sin manos, sin voz tierna ni ojos vidriados aquella expresión monótona y mutilada de su carácter más humano no era capaz de igualar la violencia de la lectura de una declaración de guerra que desgarraba las debilidades del otro para escupirle luego a los restos amontonados en un rincón del alma herida. 


18/04/2015 Alfredo Gil Pérez

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