domingo, 8 de marzo de 2015

Vagabunda

        Y allí estaba, descalza en la estación, con la mirada perdida y atrayendo la atención de los pasajeros que se preguntaban qué esperaba. Los vagones pasaban cada pocos minutos y allí seguía ella con el pelo ralo, contando cada segundo que pasaba mudo y escurridizo sobre su cuerpo. Ya no pedía, ¿para qué? Ya no hablaba ni intentaba adivinar el destino de los transeúntes con sus ojos verdes. Sólo contaba las horas pasar para aferrarse de algún modo a la realidad entre sus viajes de sueños de colores y olores maravillosos. Todo quedaba atrás poco a poco y ella era consciente de su metamorfosis. Notaba su cuerpo debilitarse, cómo la humanidad se le escurría entre los labios con cada suspiro. No tenía miedo, al fin y al cabo aquello era pasajero, o al menos eso era lo que quería creer. Había nacido en un mundo de competidores voraces que trataban de pisar al más pequeño, un mundo que lejos de alabar lo diferente lo excluía como a un paria y lo ahogaba antes de que se extendiera como una plaga peligrosa de cambio. Pero sus manos soñadoras estaban en huelga de vida, pensaba salir tan sigilosa como había entrado y no contaría sus secretos antes de partir. 

        Inspiró profundamente, tragando los sentimientos y pensamientos de cuantos la rodeaban abstraídos en su día a día. Retuvo el aliento dedicándose una cálida despedida y expiró al exhalar un alud de mariposas azules que habrían de volar muy lejos de allí para refugiar un alma débil donde pudiera estar protegida de la violencia descarnada y oscura de la gran ciudad. Su carne quedó en aquel banco, con los ojos cerrados y una sonrisa de liberación. Un cascarón vacío, una crisálida que albergó a un ser humano agotado por la brutalidad del hombre de corbata y pies calzados en asfalto.

08/03/2015 Alfredo Gil Pérez

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