sábado, 21 de marzo de 2015

Luz de mis ojos

        Tendido sobre la hierba dejaba que el sol me bañara con sus cálidos rayos dorados. Su caricia inundaba mis párpados y se transparentaba bajo la piel como un aura anaranjada que me invitaba a soñar. Imaginé que abría los ojos y lo hice. El potente haz luminoso contrajo mis pupilas hasta convertirlas en dos diminutos puntos celestes que bebían de aquel espectro de colores contraídos. Mis iris refulgían con un tono intenso y la respiración relajada de quien se deja hacer se aceleró abrumada ante aquel torrente policromo. 

        Traté de asir uno de esos filamentos de energía con mis manos desnudas y como un prisma mi piel desligó aquella luz neutra en una miríada de haces cristalinos que se dispersaban al azar. Azules, rojos, verdes, violetas... todos trataban de evitar mi contacto pero con esfuerzo logré tirar de ellos y comencé a elevarme fuera de mi cuerpo, cascarón vacío que se tostaba bajo la quietud de una tarde de verano.

        Como si trepara por una suerte de cuerda ascendí por el cielo y allí todo se veía más puro, más sencillo y lógico. En las nubes las motas de vapor algodonado refractaban aquel alud que me hacía sentir pequeño e insignificante. Una inmensa ola efímera para nuestros sentidos pero eterna vagabunda en el vacío por el que zigzaguea perdida y sin rumbo. Supongo que si pudiera hablar y susurrarme lo que había visto allá afuera no sería capaz de comprenderlo. 

        La envidiaba por su calidad de diosa. Una materia insustancial en la que no pensamos, pero sin la cual estaríamos perdidos. Un fantasma silencioso que se escurre por los rincones más insospechados como un estado intermedio entre lo que hay y la completa oscuridad de su ausencia que nos aterroriza cada noche. Desearía poder enlatarla para que nunca me abandone, pero la sola idea de hacerlo es monstruosa. Hay cosas que están hechas  para fluir, besarnos con ternura y abandonarnos para continuar su viaje hacia quién sabe dónde. Sólo espero que llegue lejos, que no se sienta perdida y sola cuando la tierra sea un diminuto punto a sus espaldas y la inmensidad se abra ante su vuelo sin alas. El perfecto mensajero etéreo que avanza inexorable iluminando su misterioso camino hasta impactar con un pulso de energía agradable.

21/03/2015 Alfredo Gil Pérez

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