sábado, 14 de marzo de 2015

El dedo corrupto

        Las pupilas devoraron su iris antes de señalar con un dedo inquisidor. Su aliento se hizo fuego, sus entrañas se revolvían con furia y el ceño se le desfiguró presa de un sentimiento irracional que la obligaba a hacer aquello. Todo el sentido de sus acciones estaba ausente y nunca regresaría para consolarla. 

        Sus dientes se afilaron, sus hombros se encorvaron hasta lo inhumano y tiró de sus cabellos hasta arrancarlos. Dispuesta a atacar pronunció dos palabras, sólo dos. Y fueron suficiente para clavar una lanza ardiente en el corazón del otro. 

        Sabía que aquél sería el resultado, pero no se sentía reconfortada. Se decía a sí misma que se lo merecía por ser como era. Pero no había respuesta de aquella voz que solía tranquilizarla cuando las cosas marchaban bien. 

        Estaba desolada, como su víctima que agonizaba cargando con aquella sentencia tan desgarradora como injusta. 

        Y entonces, cuando ya se había convertido en un monstruo, comprendió que la discriminación nos hace opresores, pero al mismo tiempo nos oprime pudriéndonos en nuestra crueldad. Porque no te das cuenta de que eres una bestia de ojos verdes hasta que alguien sucumbe en tus garras. Porque siempre es mejor defender a personas antes que a "valores" si queremos evitar que nos salgan cuernos y alas.

14/03/2015 Alfredo Gil Pérez

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