viernes, 20 de febrero de 2015

Los tres arcanos

        Pasó su mano con delicadeza sobre el dorso de las cartas que estaban repartidas por la mesa. No sabía bien si quería ver lo que tenían que decirle y dudó un instante antes de girar la primera. Era el mundo que le sonreía en un paisaje de maravillas, derecho y con unas graciosas filigranas rodeando la carta. Respiró aliviada y deslizó sus dedos hacia la siguiente. La luz de las velas titubeó y al volverla la cara del demonio invertido la sorprendió sin aliento y con los labios apretados. Aquello no era bueno y se esforzó en seleccionar bien la última. Todo dependía de aquella carta. Pasó un mechón de pelo tras su oreja y con los ojos cerrados la giró. Era la muerte. Se quedó pálida y fría como el mármol, empotrada en aquella silla, tratando de buscar una salida. No había nada que hacer, las cartas habían hablado y la empresa había fracasado. Una lágrima rodó por su mejilla hasta estrellarse en la mesa con un golpe sordo. El viento entró por la ventana apagando algunas de las velas y las cartas volaron de la mesa, todas menos la muerte que seguía observándola inquebrantable con aquella mirada vacía e inquisidora. Acarició sus labios con un dedo, pensativa y un brillo extraño surgió de la carta que parecía sonreír. Se encorvó sobre la mesa para acercarse cuando el dibujo esquelético comenzó a contorsionarse en una carcajada. Tomó el naipe entre las manos y la muerte, cínica y oscura como siempre, le susurró: ¿Te vas a amedrentar porque te digamos que no? Poco debías de ansiar el sí entonces. El verdadero valor está en tomar las decisiones que queremos y no rendirnos aunque el error sea palpable y la suerte nos de la espalda. Otra ráfaga se llevó la muerte y sonrió ante una mesa limpia y sin restricciones. 


20/02/2015 Alfredo Gil Pérez

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