martes, 10 de febrero de 2015

Insomnio de ciudad

        Su cama estaba vacía, ella estaba en la ventana bebiendo el frío de la noche y oteando el horizonte de la estrecha callejuela. Los sonidos furtivos llegaban a sus oídos y una nube de olores la tentaban con la hechizante parsimonia de quien llama sin llamar. Suspiró y el vaho de sus pulmones se deshizo en graciosas formas. Acarició el marco de un tacto metálico y vacío. Volvió a dejar salir el vaho por sus labios tersos y un conejo blanco tomó cuerpo en aquel humo. Movió la nariz con sus enormes bigotes y tras guiñarle un ojo salió corriendo calle abajo. Intrigada, se descolgó de la ventana y cayó suavemente como una Alicia en la madriguera. Sus pies tocaron tierra, descalzos, y se apresuró a seguir al animalillo. Allí estaba, a la vuelta de la esquina con las patas delanteras alzadas y tamborileando con inquietud. El conejo se giró y echó otra carrera entre la maraña de luces y carteles de neón. Ella lo siguió, adentrándose en aquél bosque de metal y la gente que avanzaba como sombras sin rostro perdidas por las aceras no repararon en su presencia. Su bata hacía vuelos con el viento y se soltó la coleta que aprisionaba sus cabellos, mientras el blanco de sus pies golpeaba la calzada a un ritmo desesperado. Sus bucles rebotaban a cada impulso y sus ojos negros se concentraban para no perder de vista a aquel extraño tan intrigante. Las ventanas de los gigantescos edificios desvelaban quién dormía y quién no con una tímida lucesilla y a su alrededor los bares, las tiendas y los coches que dormían aparcados se convertían en unas líneas borrosas que rápidamente quedaban atrás. Pronto llegaron a la verja de un parque que se abrió al paso del conejo, lo siguió sin cuestionarse nada, había algo en aquel animal de humo que la hacía sentirse viva y la velocidad de sus pies se redujo hasta lo que era normal. A su paso entre los árboles las flores, rojas como la sangre, se abrían y los búhos giraban el rostro siguiendo el recorrido con sus ojos inmensos. El conejo no paró hasta llegar a una colina y tras subirla, agotada, la chica se dejó caer para recuperar el aliento.

        Al reincorporarse descubrió al conejo observando la ciudad a lo lejos y haciéndole gestos con sus pequeñas patas para que se sentara a su lado. Desde allí el horizonte era más amplio y la brisa zarandeaba los dientes de león que se erguían sobre la hierba verde. Trató de acariciarlo y el vaho se deshizo entre sus dedos como lo hacen los sueños cuando abrimos los ojos. Pero no importaba, las luciérnagas comenzaban a salir del bosque para iluminarla y era precisamente aquella soledad inmensa y fresca lo que andaba buscando para tranquilizar su alma. Se dejó dormir sobre la hierba, recostada en uno de los árboles y la sinfonía de la ciudad que se perdía a lo lejos hizo las veces de nana. Un pequeño zorro se recostó junto a ella para calentarla y su vaho jugó a correr en libertad mientras soñaba desde la tranquilidad de su habitación.

10/02/2015 Alfredo Gil Pérez

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