jueves, 5 de febrero de 2015

El cuervo y la granada

        Volaba un cuervo por campo sarraceno, horadado por la ira y plantado de unos cuerpos. Sus alas negras brillaban, puro negro y su pico agudo cortaba en dos el viento. Allí no habían almas, ni caras, sólo restos, de lo que más gustaba y lo que amaba menos; vergüenzas muertas y deseos suculentos que brotaban tristes de sus carnes y sus huesos. Sabía el cuervo que sus entrañas engullendo se hacía más humano y ellos se hacían menos. Y enternecido por sus variados gestos mascaba sus historias, tragaba sus recuerdos. Susurraba en sus oídos por qué lo habían hecho. Y aquellos labios callaban su silencio. Amortajados por plumas de rapiña, tendidos en el suelo, no había nadie que fuera a recogerlos. Y fue allí, que olvidados como estaban, el ave lista vio lo que otros no vieron. Una granada en mano sin sus dedos quería gritar y arder en aquel duelo. Dio dos saltitos, patas de alambre escueto, picó la anilla y valoró su intento. Ella rugió, llorando su tormento. Y le inquirió, de qué servía aquello. No escuchó nadie, pues ya no había cuervo, y de su alma surgió un bello árbol seco para marcar el sitio del desierto, pobre de vida, pero rico en lamentos.

05/02/2015 Alfredo Gil Pérez

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