jueves, 15 de enero de 2015

La roca lunar

        Se acercó al menhir y lo rozó con la punta de los dedos. Era una roca inmensa, plantada y erguida como un árbol en medio de la soledad de aquel claro. Habían cincelado todas sus caras hasta vestirlas con toda clase de filigranas y en en centro un orificio profundo que no parecía tener fondo. El desgaste de la piedra fraguado por los siglos de lluvias y cambios bruscos de temperatura no la hacían menos impresionante y a sus pies las enredaderas pujaban por trepar sin éxito. Al tacto era suave y fría como la noche y su color verduzco la hacía destacar. Parecía como si aquella mole de mármol de Connemara tuviera luz propia. El lugar estaba completamente abandonado a su suerte, los arbustos habían ocupado lo que antaño fuera un amplio círculo practicado en el corazón del bosque y rodeado por robles. 

        Acercó su boca al orificio, movido por la curiosidad, y sus labios lo rodearon. Sopló con fuerza y por la cima del monolito una bandada de polillas alzó el vuelo mientras una nota reverberaba desde la piedra. Volvió a soplar y esta vez la nota fue más clara. Era grave y profunda, era suave como la superficie pulida sobre la que se deslizaba su aliento arrancando voces de las entrañas de la roca. Los arbustos levantaron sus raíces y comenzaron a marchar al interior del bosque mientras los robles zarandeaban sus gruesas ramas como una suerte de anémonas de leña verde. Siguió tocando y una nube de mariposas, atraídas por la música, se adentró en el claro revoloteando hasta cubrir la roca. El verde se mezclaba con toda clase de matices mientras movían sus alitas y otra vez preso de la curiosidad volvió a soplar aquel cuerno de la tierra. Los lepidópteros enfocaron sus alas hacia la luz y la roca tomó un aura de destellos multicolor, una especie de arcoiris de brillos que danzaba entorno a la estructura. Quitó su boca del orificio y comenzó a manar un agua azul. La probó y era dulce, dejó que se derramara sobre la tierra y un mar de flores anegaron el círculo mientras los robles seguían danzando. Olía a almíbar y a almizcle. La tierra empezó a latir como un corazón dormido durante demasiado tiempo. Apretó su oreja contra la roca, ahora cálida, y esta vez tronó por cuenta propia con una cascada de notas diferentes y superpuestas. Cerró los ojos y pudo ver un planeta que agonizaba y que sin embargo seguía siendo capaz de obrar maravillas.

        Notó una presencia a sus espaldas y giró sobresaltado. Todo había vuelto a la normalidad, los arbustos seguían en su sitio y sólo la luna que comenzaba a asomar sobre la copa de los árboles lo observaba con astucia. Habría sido una ilusión, un ensueño, pero por eso no era menos real. Acarició una vez más el menhir agradecido y se alejó de allí guardando el secreto de una roca olvidada en la que late un pulso que sólo se escucha si lo quieres escuchar. Una de tantas rocas repartidas por el mundo, que susurran que están vivas y que mueven algo más grande de lo que nunca alcanzaremos a comprender por nuestra condición de pequeños engranajes desviados en la rueda.

15/01/2015 Alfredo Gil Pérez

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