viernes, 9 de enero de 2015

La dama rara

        El bosque duerme plácidamente. Los troncos se abrigan con el musgo y las hojas se balancean pendiendo de las ramas por sus finos tallos retorcidos. Las huellas de los animales van labrando su lecho y las plumas de los búhos llueven blancas y pardas desde la copa de los árboles. Suena una música allá en el corazón del bosque y una dama extraña se pasea entre las raíces contemplando la quietud de los ancianos que dejan caer sus barbas verdes sobre los helechos, roncando con su característico crujir de ramas. A medida que esa figura alargada avanza, las flores abren sus pétalos y se giran en su dirección tratando de beber de su aura. El bosque está en silencio, atónito, como quien mira una obra de arte y pierde por un instante la conexión con la realidad. Las esporas de los hongos germinan y un sin fin de setas de todas las formas y tamaños comienzan a levantarse sobre sus débiles brotes blanquecinos. Las hiedras avanzan en cascada, como un alud de agua verde y una nube de semillas revolotea por el aire que juega entre los gigantescos troncos que hacen las veces de columnas en aquel templo de la naturaleza. En una gruta suena la primera gota suicidándose contra el fondo de piedra y poco a poco aflora un arroyo de aguas claras del interior de la montaña que empieza a anegar las raíces resecas. 

        La extraña figura eleva las manos y aparece una pequeña esfera de luz que como una luciérnaga ebria comienza a bambolearse por las entrañas de palo creando el mismo efecto que su creadora. Satisfecha mueve los dedos y un chorro de aquellos insectos sale disparado iluminando el lúgubre bosque con tonos que van del blanco al azul. Todo florece y da frutos, todo abunda y nada falta mientras la dama avanza siguiendo su instinto. Llega a la orilla de un lago interior del bosque y sumerge sus pies. Los nenúfares se abren y las libélulas levantan el vuelo mientras el viento agita los juncos que se golpean los unos con los otros. Un cisne inclina la cabeza y la dama se desviste. Conforme su traje toca el agua y se vuelve espuma, el verde de la copa de los árboles se amarillea. La imitan celosos y se desnudan soltando sus hojas al viento que surcan la brisa hasta aterrizar donde buenamente pueden. Las líneas de la dama no son humanas, demasiado perfectas para ser reales y los árboles acomplejados se quedan sólo en corteza, silenciosos, esperando a ver qué pasa mientras sus compañeros les imitan dejando caer el follaje al lecho del bosque. La dama se adentra en las aguas, lenta e inexorable, hasta que sólo queda el agua batida por su cuerpo. Su luz se ha ido y el bosque se apaga, ha regresado el invierno y ella vuelve a buscar la puerta que la devuelva al interior de su casa de troncos y hojas secas.

09/01/2015 Alfredo Gil Pérez

       

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