jueves, 8 de enero de 2015

La caracola submarina

        Después de haber encogido, el sonido de las olas era un estruendo continuo que hacía vibrar los granos de arena dorada sobre los que caminaba descalza. Se situó en la boca de la caracola y presionó el opérculo para abrirse paso hasta el interior. Aquella especie de escotilla cedió dejándola entrar y con algo de miedo se introdujo en aquella concha que parecía deshabitada. El sonido de las olas se hizo más fuerte y una de ellas colisionó contra aquella estructura arrastrándola hasta que los ensordecedores ruidos del exterior quedaron amortiguados como si estuvieran bajo el agua. Asustada tocó una de las paredes calcáreas de la concha y el roce de su piel produjo un sonido muy placentero. La acarició tratando de mantener la vibración y el interior de la concha se iluminó con una luz plateada y le devolvió la vibración con la forma del eco de las olas. Tras el breve resplandor las paredes se habían vuelto transparentes y se descubrió a si misma sumergida en el arrecife que bordeaba la costa. Todo estaba iluminado por la luz de la luna llena que se reflejaba deformada por la superficie del agua y peces de todas las formas y colores se paseaban entre los corales, las algas y las esponjas de mar. Las medusas avanzaban en bancos luciendo sus características estructuras semitransparentes y coloreadas con azules, rosas y púrpuras muy intensos. 

        Uno de los peces trató de abrirse paso dándole un coletazo a la concha y ella se aferró con fuerza dejándose arrastrar por la corriente. Las burbujas ascendían en grupos muy graciosos y la variedad de sonidos que producían los habitantes del mar eran traducidos por la concha como notas de una melodía que estaba empezando a adormentarla. La inmensidad de todo cuanto la rodeaba la acongojaba y a medida que la concha se sumergía más y más, arrastrada por la corriente, la luz de la luna se iba debilitando. Llegó un momento en el que ya no pudo ver nada y comenzó a tararear tratando de tranquilizarse, como le habían enseñado de pequeña. La caracola repetía las notas de su voz y pronto crearon un canon que hizo que una marea de microorganismos que flotaban por allí respondiera con bioluminiscencias acompañándola mientas se hundía en aquel abismo. Algunos peces muy extraños se acercaron atraídos por el espectáculo de luces y muchos de ellos tenían sus propios matices de iluminación o escamas que reflectaban los pulsos lumínicos de los demás. El resultado fue que al rededor de aquella caracola que por fin había tocado el lecho marino orbitaba un firmamento de luces de colores, una galaxia improvisada, mecida por la corriente, que aquella pequeña no podía más que observar asombrada desde su caracola de cristal. 

08/01/2015 Alfredo Gil Pérez

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