miércoles, 7 de enero de 2015

Escarcha

        Aquel fresco se había convertido en su obsesión en los últimos meses y pasaba las horas buscando información entre las páginas de sus libros, tratando de descubrir una pincelada que susurrara algo más e imaginando los corrillos de pintores sevillanos discutiendo las nuevas tendencias bajo aquellas figuras helénicas ataviadas con togas y laureles. Se ajustó las gafas redondeadas, se atusó la barba y carraspeó. Giró la vista hacia su cama, ahora vacía y añoró las líneas de su cuerpo enmarcadas en aquel espacio tan íntimo. - David... - susurró una voz que lo sobresaltó. Habría jurado que venía de la ventana, pero era  imposible que alguien se hubiera encaramado al cabio de un segundo piso. Se acercó cauteloso y al colocar sus cristales junto al de la hoja abatible para vislumbrar la pequeña callejuela la huella de la palma de una mano se dibujó con vaho en el vidrio. Se apartó sorprendido y tan pronto como apareció la forma de aquella mano que le resultaba familiar se difuminó en el frío de la noche. Se sintió observado y creyó distinguir una mirada cálida que añoraba con fuerza desde hacía tiempo. No le importó la helada y abrió la ventana de par en par, poseído por una necesidad irracional de llenar el vacío de sus brazos y volver a tranquilizar su corazón. Pero aquella calle estaba desierta, el frío había dejado el suelo cubierto de escamas de escarcha y el viento ululaba sobre el fondo de los coches que deambulaban por Madrid. 

        - Joder, estoy fatal... - se lamentó. Y justo antes de resignarse a la protección del hogar, aquella risa que llenaba sus silencios resonó divertida por el callejón. Vio las huellas de unos pasos marcándose sobre el manto blanco hasta situarse bajo su ventana y sin poder parpadear se dejó bañar por el aire refrescante del torbellino que subía a lo que quiera que fuera aquello. El polvo de nieve arrancado de la calzada se acumuló frente a su ventana y volvió a susurrar su nombre mientras unas manos acariciaban su rostro y unos labios azules se estrellaban contra los suyos para volver a difuminarse en un cúmulo de virutas de hielo azulino. Se quedó sin aliento, con las pupilas dilatadas y las pulsaciones dislocadas. <<¿Qué ha pasado?>> se preguntaba confuso, desorientado. Y es que dicen que las huellas que dejan en el mundo los grandes encuentros fortuitos nunca se borran y que la intensidad de ese extraño momento es tan pura y elevada, que cuando dos mentes conectan una parte de ellas queda condenada a repetir la escena eternamente para guiar a quien está perdido, para recordarle la electricidad de dos polos opuestos y la tranquildad del aliento acompasado, cabeza sobre pecho, mano con mano y beso con beso.

07/01/2014 Alfredo Gil Pérez 

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