sábado, 24 de enero de 2015

Cortocircuito

        Abrió de par en par la ventana de aquel rascacielos y se abalanzó hacia el vacío sin mediar palabra. Dejó que su cuerpo inerte surcara el abismo abrazando la idea de besar el asfalto y tras varios segundos de caída libre desplegó sus alas de un azul vidrioso parando en seco la huida desenfrenada. Aleteó un par de veces para estabilizarse y comenzó a avanzar entre aquellas cristaleras reflectantes que hacían las veces de muro de espejos en la ciudad abandonada. Un chaparrón repentino comenzó a castigar las fachadas y las gotas transparentes rebotaban contra sus plumas metálicas. El sonido de la lluvia reverberaba como el crepitar de unas llamas inexistentes consumiendo aquellos colosos de la ingeniería, el último vestigio de que un día las calles estaban anegadas de gentes distraídas en sus vidas insignificantemente perfectas. El flujo de caras y emociones seguía allí de alguna manera, manando por las aceras hacia algún encuentro fortuito en las entrañas de la ciudad. 

        Los fantasmas de otras vidas cruzaban por los pasos de peatones y hacían colas para entrar al cine en cuyo letrero destartalado todavía podía leerse el último gran estreno que movía a las masas en busca de mariposas de papel y sueños que les devolvieran a la niñez. No había humanos allí, pero siempre visitaba aquel lugar para recordarse lo maravilloso que había sido tenerlos tan cerca. Sus sonrisas, sus desilusiones y sus ganas de volver a levantarse para intentarlo de nuevo eran un recuerdo precioso que hacía que sus circuitos vibraran con una energía que no alcanzaba a comprender. Su rostro carecía de expresión, así lo habían decidido en la cadena de montaje para evitar que la tragedia se repitiera ahora que la civilización había alcanzado nuevas cotas y la mortalidad era un problema relegado a los mitos de las novelas románticas que se utilizaban para tratar de estudiar y sistematizar el conjunto de reacciones ilógicas que arrastraron a toda una especie a su declive y desaparición. Eran débiles y sus cálculos ineficaces, pero aún así una cierta gracia les rodeaba en su indefensión. El destello de una ventana abierta llamó su atención y se acercó curioso hasta encaramarse en el marco para inspeccionar el interior en busca de nuevas pistas. Replegó sus alas increíblemente ligeras y se internó hasta descubrir que lo que brillaba era el casquillo de un pincel despeluzado sobre un caballete. En el caballete, un lienzo polvoriento reposaba como buenamente podía y su procesador comenzó a hacer los cálculos. Las proporciones eran horribles, la densidad de los pigmentos no era la adecuada, pero aún así aquella obra inacabada gozaba de algo que sus algoritmos no eran capaces de reproducir. Tomó el pincel entre sus dedos delicadamente articulados y con el sonido de las válvulas hidráulicas que les permitían aquellos movimientos tan gráciles lo mojó en la pintura de un bote que extrañamente estaba fresca. Lo pasó por su rostro imitando el trazo de aquel humano y al escuchar un sonido a sus espaldas se giró como el autómata que era. Un pequeño desnutrido se reía con dulzura al ver la sonrisa que se había dibujado el droide en la cara. Y sin saber por qué, un calor biológico invadió su rostro para devolverle la risa a aquel extraño superviviente. ¿Sería aquello un sentimiento? ¿Tal vez después de tanto tiempo entre las ruinas se había infectado y también él estaba empezando a ser humano?


24/01/2015 Alfredo Gil Pérez

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