miércoles, 17 de diciembre de 2014

Spray de sueños

        Se colocó el gorro de punto y agitó el bote con el particular sonido de la esfera de metal golpeando las paredes del spray para batir el aerosol. Apretó con el índice y el aliento del recipiente comenzó a escupir colores contra el muro ennegrecido por el hollín de los coches que pasaban en sus idas y venidas por las entrañas de la ciudad. Movió sus brazos como un director de orquesta marcando altos, bajos, delineando las notas que cantaban las formas a los ojos de los transeúntes despistados que llegaban de casualidad a posar sus ojos en aquella obra profana.

        Paró por un instante para valorar su trabajo, se puso los cascos y comenzó a escuchar la música que lo arrastró a un plano donde sólo estaban él, aquel muro maltratado y sus pinturas. Las proporciones cobraron sentido y ladrillo a ladrillo fue cubriendo aquella pared impersonal y triste con un manto de inspiración que titilaba con la pintura fresca adhiriéndose aún a la porosa superficie. Los cuerpos se hicieron carne, los paisajes materia y los cielos azules despejaron la nube de polución que cubría la ciudad como un hongo mustio y rancio. El sol arrastró los colores y todo parecía más vivo, más interesante y hermoso: los perros con sus dueños, las ancianas con el pan, los niños con sus padres y las parejas de la mano. 

        Siguió contorsionándose delante del mural con su bamboleo, abstraído en la tarea. La obra cubría ya buena parte de la calleja cuando el silbato de los guardias con las porras en alto se acercaba por una de las esquinas. Trató de recoger el material pero por la esquina opuesta otro grupo de guardias se acercaba a toda prisa. En ese momento uno de sus dibujos le tendió la mano y lo ayudó a pasar a través de la pintura y perderse por el paisaje que había surgido de su imaginación. Al encontrarse en la mitad de la calle los guardias se quedaron boquiabiertos observando aquella extraña pieza. Veían sonidos, cientos de ojos les observaban y los sentimientos estaban cosidos de alguna extraña manera en las capas de pigmentos que se superponían. Parecía que las formas tuvieran movimiento, y tal vez así fuera. Un mensaje que no eran capaces de repetir se instaló en sus mentes y sin embargo todo tenía sentido ahora sin necesidad de una explicación más detallada. Aquel mocoso lo había conseguido, había logrado retener la explosión del sentimiento de inspiración y el fuego de la pasión en una obra estática. Había encontrado el medio de contagiar con esa locura que se vestía con su piel y sus huesos cuando una idea lo abrazaba y le susurraba al oído cosas increíbles que él sólo se limitaba a reproducir.


17/12/2014 Alfredo Gil Pérez

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