sábado, 6 de diciembre de 2014

Nunca te olvides

        La niebla de la noche londinense lamía cada uno de los sucios ladrillos y adoquines que empedraban aquellas calles estrechas y zigzagueantes. El repiqueteo de unos zapatos de charol tronaba reverberando en cada puerta y en cada ventana que vibraban asustadas por la oscuridad de la noche. Las llamas de los candiles que iluminaban aquí y allá eran muy débiles como para mostrar su rostro, pero la silueta ennegrecida como el hollín se agrandaba conforme su propietario se aproximaba a la boca de la alcantarilla desde la que lo observaba. Había oído hablar de él, su hedor era inconfundible y cada uno de mis huesecillos tembló en un escalofrío generalizado, amenazando con desencajarse del resto. 

        Titubeó y tras unos pasos dubitativos se acercó hacia mi escondite, como poseído por alguna visión de ultratumba. Clac, clac, clac. Sus pasos lo hacían más corpóreo, más rudo y amenazante. Tomó su bastón y lo hizo girar de un modo gracioso con su mano derecha mientras con la izquierda retiraba su sombrero en forma de saludo. 

        - Volvemos a encontrarnos. - sentenció dedicándome una sonrisa elegante con dos hileras de dientes blancos perfectamente posicionados. Su poblado bigote se zarandeó sobre los labios carnosos como lo hacen las colas de los gatos cuando están excitados por la aparición de un nuevo juguete. Dibujó con la punta de su apoyo tachonada en plata un intrincado glifo en el aire y comencé a sentirme débil mientras me resistía a salir de las sombras a pesar de haber sido descubierto. No le permitiría ver mi verdadera forma, no otra vez. - Los recuerdos, caballero, son un exquisito deleite para la mente, un tentempié que devorar en los momentos en los que miramos hacia el techo con nostalgia. Y hoy yo estoy ávido de devorar los suyos. Son como un álbum de fotos pululante que desearía desgarrar y quemar hasta que no quede nada en su memoria y la mía rebose de ensoñaciones, fantasías y experiencia. - me preparé, estaba acorralado y sólo quedaba una salida posible.

        Con toda la rabia de la que fui capaz me abalancé desde las sombras pujando por no perderme en sus labios y me deshice en una bandada de pájaros exóticos. Un alud de plumas rojas, índigo, naranjas, verde esmeralda, blancos y negros sorteó el glifo recordando aquel baile de salón que me había devuelto el fuego hacía no mucho tiempo. Parpadeé e hice loopings a su alrededor, escuchando la melodía que mi memoria había guardado celosamente y que ahora liberaba como una cajita de música. Trató de asirme, pero tan pronto como agarraba un ala o una cola esta explotaba en un polvo de colores marcando un nuevo compás que hacía girar aquél remolino con más virulencia. El callejón parecía estar iluminado por una sinfonía de lámparas Tiffany. Sus ojos sin iris se perdieron en la maravilla e hice una última acrobacia para aterrizar a cuatro patas como un gato callejero. Mantuve la ilusión y me despedí con un grácil maullido mientras me perdía entre los cubos de basura. Ya habría tiempo para que aquella sombra me robara la memoria, pero todavía necesito el consuelo de la música y de las caricias para cuando no me quede juventud. 

        A la mañana siguiente sólo encontrarían un callejón repleto de especias multicolor presumiblemente tiradas por algún gamberro sin escrúpulos y una mancha de tinta negra como firma del olvido y sus fracasos. 


06/12/2014 Alfredo Gil Pérez

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