martes, 23 de diciembre de 2014

El pacto de sangre

        Se asomó a la cubierta y sonrió al ver tierra por primera vez en lo que para ella había sido una eternidad surcando las olas. El resto de pasajeros mostraban la misma expresión, una mezcla entre admiración y nostalgia batida por el salitre que el mar caribe les escupía a la cara. Atrás quedaban aquellas tierras de volcanes orgullosos y pellas de gofio. Los rostros conocidos y amigos seguían allá en sus casas encaladas, con balcones de madera para asomarse a la calle y ver las estrellas pasar en el firmamento. El sol calentaba su piel, pero allí no habría volcanes ni silbos, allí las manos y los besos serían nuevos y sin embargo se sentían acogidos por una exuberancia que les recordaba su pequeño mundo repartido en peñas. Una mezcla entre África y Europa desembarcaba en América sin tener muy claro cómo había pasado. Cinco familias por cien toneladas, ese había sido el pacto y lo habían pagado religiosamente.

        Se colocó las enaguas y el justillo, ladeó el cachorro sobre su cabeza y suspiró. Agüimes, La Oliva, Tacoronte, había gente de todos los rincones o eso era lo que se decía. Tomó entre sus manos un pequeño relicario de la Virgen de Candelaria que pendía de su cuello con forma de corazón, lo abrió y acarició su foto. La promesa de que iría tras ella le daba esperanzas, sólo rezaba para que el Atlántico furioso no se lo tragara. Volvió a mirar la costa y sonrió pensando que la isla de San Juan Bautista era por lo menos otra isla y no extrañaría el mar. Una de las muchas otras islas a las que habían ido en oleadas con su guarapo y miel de palma. Los tambores y las chácaras cantarían labrando el campo y la semilla germinaría sin importar dónde se sudara labrando la tierra. Trabajarían mano a mano con otros campesinos. Sus sabores y sus sonrisas se mezclarían y aunque una punzada siguiera llamándoles con susurros de sirena desde el otro lado del océano, el hogar se hace con uno cuando la barriga está llena y el alma tranquila. Un tropel de raíces se enmarañaban para mezclar su savia con la de aquellas tierras lejanas.

23/12/2014 Alfredo Gil Pérez

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