miércoles, 10 de diciembre de 2014

El bucio de las tormentas

        Recorrió descalzo el bosque de Tamadaba hasta donde el pinar es cortado por un salto de roca que besa la brisa del mar y el viento sopla furibundo juzgando la soledad de los riscos. Tomó el bucio entre sus manos y lo tocó con saña tronando en el silencio de la naturaleza. Los acantilados nostálgicos le devolvieron aquella vieja melodía que tan bien conocían. Volvió a soplar y el grave canto de la caracola se elevó levantando bandadas de pájaros asustados que ocuparon el aire. En la lejanía un tambor entonó su ritmo y volvió a soplar poseído por un escalofrío que erizó todo el vello que cubría su piel. Sus reclamos eran coreados por el eco y pronto se entremezclaron hasta no saber cuando el sonido salía de la caracola y cuando eran los montes los que cantaban. En algún rincón perdido de la foresta sonaron las chácaras improvisando y él siguió soplando su bucio, alarido tras alarido. Las nubes se levantaron del mar y remontaron desde la costa hasta el interior de la isla. Una mano rozó su hombro y siguió soplando la boquilla de la enorme caracola. Era una mano formada de estrellas, una mano azul y transparente, la mano de una mujer. Al girarse un séquito de sacerdotisas bailaba con ramas y un ajuar variopinto que decoraba sus ropas de cuero y palmas teñidas en vistosos colores. Decenas de ojos vacíos, decenas de ojos que habían visto el mundo en otros tiempos y con otras voces.

        Siguió sacándose el alma con la música. A medida que avanzaba la melodía tenía la extraña sensación de haber estado allí antes, de haber cantado en aquellas cumbres y empapó su garganta inhalando el agua de las nubes que lo acariciaban con mimo. La comitiva fantasmagórica se abalanzó hacia el precipicio y danzando levitó entre plegarias y griteríos hasta donde el mar sacude las rocas con la espuma de sus olas. Las vio sumergirse y siguió tocando en su espiral sinfónica. 

        Pronto otros fantasmas hicieron el mismo recorrido hacia el mar mientras los primeros volvían sin sus ramas y con las manos en forma de cuenco entonando una extraña lengua. Una vez en la cima abrieron sus dedos riendo plácidamente y dejaron caer pequeñas perlas de agua tan dulce como la miel que bañaron las hojas de todos los árboles y empañaron las piedras del suelo. Una tras otra las oleadas de aquellos seres iban y venían refrescando la tierra seca y cuarteada como lo hacen las crestas encabritadas de las mareas. Una tras otra, sus caras se repetían sin ser las mismas y sus risas reverdecían el pinar que se erguía orgulloso desafiando la gravedad. 

        Un pedazo de él lo abandonaba cada vez que se alejaban a la costa y regresaba fresco y empapado de alegría cuando volvían. Era un eterno retorno de almas y pies descalzos que habían pasado por la isla, generación tras generación, dejando la huella de sus pies grabada en las rocas y escribiendo poemas en sus rincones para quien supiera leerlos. Amores y desamores que un tambor clamaba para que trajeran la lluvia. Ancestros que cuidan con celo el tronco de aquel extenso árbol que es la vida. Miríadas de ramas que se mecían entre nacimiento y muerte en una tierra entre la sal y la miel. Una delicia gastronómica que combina salado y dulce para escurrirse entre las lavas y de la que se supo participe cuando terminó su tonada y la lluvia ya era tan gruesa como para impedirle ver su querido mar.


10/12/2014 Alfredo Gil Pérez

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