viernes, 7 de noviembre de 2014

Réquiem de los idiotas

        El silencio de sus labios era hiriente y vulgar. Su cara estaba congelada en una mueca de indiferencia pero sus ojos gritaban asustados por lo que hacía. Sus manos eran de otras manos pero él no decía nada, su corazón había abandonado el juego y lo mejor que se le podía ocurrir era hacerle daño para alejarlo. Era estúpido y cobarde, lo sabía, pero cómo decirle lo que realmente pasaba sin sentirse culpable bajo la mirada de aquellos ojos marrones. Lo mejor era espantarlo, tenerlo lejos para no sentirse responsable, perderlo para no tener que preocuparse. 

        Esquivó las preguntas y cambió de dirección, se mantuvo altivo y orgulloso hasta que notó que sus ojos ya no le miraban, que su espalda era todo lo que le ofrecía marchándose para coger el metro solo y decepcionado. ¿Lloraría? ¿Lo odiaría? No lo sabemos. Simplemente se limitó a verlo alejarse desde sus ojos verdes y se refugió en el consuelo de que tenía que ser así. Miró su móvil y fue a por el siguiente. Se puso una coraza de hielo y renunció a saberse vulnerable mientras en el vagón de un metro alguien lo añoraba preguntándose en qué momento su calor se había apagado y sus promesas de amor habían muerto. 

        Sus ojos decían otra cosa en aquel sillón destartalado, sus caricias habían sido un buen abrigo, pero a veces cuando la gente ve que las cosas van bien quiere buscar algo más peligroso para no perder la costumbre de sufrir. Es demasiado hermoso encontrar algo bueno, es demasiado raro conservarlo.


07/11/2014 Alfredo Gil Pérez

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