jueves, 6 de noviembre de 2014

Mendigo de Lyon

        El canto de los pasos de transeúntes se había ahogado con la oscuridad de la noche y sólo el deambular de las ratas sonámbulas acompañaba a las pocas hojas de otoño que aún se bamboleaban temerosas y frágiles en la copa de los árboles como lo hacía la sonrisa en sus labios riéndose de la hipocresía de aquellas miradas que abogaban porque buscara una trabajo. 

        Su piel era negra, era blanca, marrón o quizás de ningún color, la fina manta que trataba de protegerlo del frío ocultaba ese secreto con recelo. La luz de las farolas era débil, como la luna que trataba de calentarlo en vano. Temblaba, tal vez lloraba recogido sobre su cartón y el techo de aquel recodo del edificio bajo el que dormía se apiadó de su dolor ensanchándose unos pocos centímetros. Sus guantes sobresalían  haciendo de almohada bajo el gorro negro y sus ojos soñadores tal vez estaban ya cerrados a aquellas horas de la madrugada. Uno de los roedores se acercó y con su pequeño hocico rozó su oreja como tratando de decirle despierta, despierta, no te duermas todavía. Se giró asustado y los pequeños ojos negros que lo observaban se abrieron sorprendidos. La sabandija salió corriendo para ponerse a salvo tras un ovillo de enredaderas. 

        Se levantó, salió de su cobijo y miró hacia el cielo huérfano de estrellas. El primer copo de nieve se suicidó sobre su rostro y la memoria le trajo aquellas nevadas de su niñez, con chocolate y tras una ventana. Se sintió a salvo y se quitó el abrigo. Cazó con sus manos desnudas aquellas mariposas blancas de hielo y su cuerpo prematuramente envejecido comenzó a danzar en la soledad de aquella calle.  Rió con alegría por primera vez en mucho tiempo. Sabía que aquella sería su última ventisca, pero era perfecto, le hacía sentirse vivo y mimado por la naturaleza en el asfalto. 

        A la mañana siguiente su cuerpo entumecido sería un cascarón vacío que atraería miradas curiosas y de desdén. Pero para entonces él ya estaría muy lejos de allí, en donde quiera que todos vamos a parar algún día, rememorando la soledad y añorando las manos humanas que nunca le tendieron para ayudarle a levantarse del cemento.

06/11/2014 Alfredo Gil Pérez

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