viernes, 21 de noviembre de 2014

Grilletes

        Estiró los brazos y las cadenas tintinearon como una sinfonía de campanillas. Estaba cansado, abatido y ensombrecido como la celda de roca desnuda en la que lo habían encerrado. La luz que pasaba por el pequeño orificio que aireaba la estancia le susurraba cuándo era de día y cuando la noche se apoderaba de aquel otro mundo tras las paredes impersonales. Las ratas se paseaban a sus anchas entrando y saliendo por las oquedades y el monótono eco de las gotas de agua que destilaba de la humedad la porosa piedra era una estúpida distracción que poco a poco estaba minando la salud de su juicio. 

        Un estridente sonido acompañó al plato de insípida comida y la jarra de agua empozada que religiosamente deslizaban cada día bajo su puerta. Éste lo saludó y con ojos tristes les dio la bienvenida. Estaba hambriento, pero su alma había perecido de inanición hacía mucho. No había hecho nada para estar allí, pero eso sólo lo sabían los roedores, que eran sus únicos confidentes en las entrañas del olvido. 

        Privado de toda libertad imaginaba el color de la hierba y el sabor de la brisa contra su rostro. Añoraba aquellos días que antes le parecieran monótonos. Y la esperanza de salir de allí se revolvía en sus entrañas tratando desesperada de no ser arrastrada por aquel sumidero de apatía. A veces fantaseaba con que alguien abría aquella puerta para decirle que todo había terminado, o al menos para decirle algo. 

        Se agachó y mientras devoraba con parsimonia el plato, se percató de que algo había cambiado en aquella celda. Sobre el charco que habían formado las gotas una pequeña mancha de musgo había empezado a tomar forma. Trató de acercarse, pero las cadenas no llegaban tan lejos y se arrodilló a unos metros deseando poder volver a sentir el tacto del verde en la yema de sus dedos sucios y heridos por la impotencia. Golpeó con rabia aquel plato sin lustre y una furia desgarrada, una rabia ensordecedora encendió la mecha de un sentimiento que hacía mucho no experimentaba. Le hacía sentirse vivo, pleno, con ganas de luchar contra su injusticia. De pronto el suelo comenzó a temblar y uno de los pesados bloques del techo se desprendió. Lo esquivó a duras penas y al estrellarse contra el suelo aquel mastodonte aplastó sus cadenas. El muro se vino abajo y se precipitó hacia a fuera tratando de ponerse a salvo. La luz le cegó. No había nada más, sólo una luz abrumadora que encogía sus pupilas como si un martillo las golpeara con saña. Notaba las sacudidas y los gritos, su corazón estaba desbocado, sólo pensaba en salvarse, sólo pensaba en huir, pero sentía que de alguna manera ya había muerto.

        Cuando todo paró, sus ojos se adaptaron a la claridad y ante él la ciudad trataba de recomponerse tras la arremetida de la tierra que había intentado quitárselos de encima. Estaba fuera y sin pensárselo dos veces huyó tambaleándose hacia el bosque, abusando de unas piernas que hacía años que no sabían lo que era correr. Respiró agitado, embriagado por la libertad y el verde volvió a rodearlo en una cúpula sin muros, con el eco de los pájaros y la danza sonámbula de las mariposas.

21/11/2014 Alfredo Gil Pérez

No hay comentarios:

Publicar un comentario